Florencia Clementi
Médica cirujana
Disruptores endócrinos: lo invisible que altera tus hormonas todos los días
Lo que usamos todos los días también puede afectar la salud de nuestras hormonas. Pequeñas exposiciones cotidianas, muchas veces invisibles, pueden influir en el equilibrio hormonal, la fertilidad, la piel y el metabolismo. Comprender cómo interactúan los hábitos diarios con el organismo nos permite tomar decisiones simples orientadas a la prevención, la longevidad y la calidad de vida.
Cuando pensamos en fertilidad, salud hormonal o bienestar general, solemos asociarlo con la alimentación, el estrés o la genética. Sin embargo, en los últimos años la medicina con visión preventiva comenzó a poner el foco en otro factor que muchas veces pasa desapercibido: las sustancias químicas presentes en objetos que usamos a diario y que podrían repercutir negativamente sobre nuestra salud y bienestar. Estas sustancias son conocidas como disruptores endócrinos. Se trata de compuestos capaces de interferir con el funcionamiento normal de nuestras hormonas.
No se trata de eliminar todo lo que nos rodea, sino de estar al tanto de estas cuestiones. Cuando tomamos conciencia, podemos minimizar la exposición. El concepto más importante es entender que el impacto suele ser acumulativo. No es una sola exposición aislada la que genera un efecto, sino la suma de pequeños contactos diarios durante años. La medicina actual propone un enfoque preventivo que no busca erradicar cada elemento del entorno, sino aprender a reducir la carga total de exposición con decisiones simples, sostenibles y posibles en la vida real.
El impacto sostenido de la disrupción endócrina puede favorecer distintas alteraciones en el organismo. Entre ellas, se han vinculado cambios en la fertilidad femenina y masculina, disminución de la calidad ovárica y espermática, alteraciones del ciclo menstrual, trastornos tiroideos, dificultad para regular el peso corporal, resistencia a la insulina, mayor predisposición a enfermedades metabólicas como la diabetes, cambios en el estado de ánimo, fatiga crónica y aceleración de procesos inflamatorios asociados al envejecimiento. También se investiga su posible participación en trastornos del desarrollo hormonal durante la infancia y la adolescencia.
Los disruptores endócrinos pueden actuar imitando o bloqueando hormonas naturales del organismo o interfiriendo en su producción y metabolismo. El informe global desarrollado por la Organización Mundial de la Salud junto al Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente establece que determinadas sustancias químicas ambientales pueden interferir con la fertilidad, el metabolismo, el desarrollo neurológico y la función tiroidea. Diversas sociedades científicas internacionales dedicadas al estudio hormonal concluyen que existe evidencia suficiente de asociación entre disruptores endócrinos e infertilidad masculina y femenina, obesidad metabólica, diabetes, trastornos tiroideos y alteraciones del desarrollo.
Entre las alteraciones más estudiadas se encuentran las vinculadas a los estrógenos, que pueden manifestarse con retención de líquidos, inflamación, sensibilidad mamaria o irregularidades menstruales. En fertilidad humana, investigaciones financiadas por los National Institutes of Health observaron asociaciones entre la exposición a determinados compuestos plásticos y la disminución de la calidad ovocitaria, alteraciones en la implantación embrionaria y reducción de la calidad espermática. En relación con contaminantes ambientales, se ha documentado que metales pesados como el plomo, el arsénico y el mercurio pueden interferir con la función tiroidea, la fertilidad y el neurodesarrollo fetal.
La disfunción tiroidea puede manifestarse como cansancio persistente, cambios metabólicos, piel seca o caída capilar. También pueden observarse resistencia a la insulina y alteraciones metabólicas asociadas a inflamación de bajo grado, dificultad para regular el peso corporal o adiposidad localizada. En algunos casos se describen alteraciones del eje del estrés y del cortisol, relacionadas con trastornos del sueño, fatiga crónica o sensación de agotamiento sostenido. El impacto sobre hormonas androgénicas puede favorecer acné adulto, aumento de secreción sebácea o cambios en la calidad del cabello.
Hoy sabemos que muchas de estas exposiciones ocurren en situaciones completamente habituales. Calentar comida en recipientes plásticos es una de las más frecuentes. Cuando el plástico entra en contacto con el calor, especialmente si el alimento contiene grasas, puede liberar compuestos que pasan a la comida. Esto suele suceder al utilizar microondas o al guardar preparaciones calientes en tuppers plásticos. Por ese motivo, siempre que sea posible, se recomienda optar por recipientes de vidrio, cerámica o acero inoxidable para calentar o almacenar alimentos calientes.
También es común dejar botellas plásticas en el auto, exponerlas al sol o reutilizar botellas descartables durante semanas, lo que favorece la liberación de sustancias químicas del material. Son exposiciones silenciosas pero repetidas en el tiempo. El uso de film plástico en contacto con alimentos calientes es otra situación frecuente en la cocina cotidiana, ya que el calor facilita la migración de compuestos hacia los alimentos.
Los envases de comida rápida, delivery y alimentos ultraprocesados pueden contener sustancias que se transfieren a la comida, especialmente cuando están calientes o contienen grasas. Además, los ultraprocesados suelen sumar aditivos químicos que aumentan la carga total de exposición. Reducir su consumo no solo mejora la calidad nutricional, sino que también disminuye el contacto con estos compuestos.
Los utensilios de cocina antiadherentes deteriorados constituyen otra fuente potencial. Cuando las superficies están rayadas o desgastadas, pueden liberar compuestos químicos, algunos pertenecientes al grupo de los PFAS, sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas utilizadas para generar superficies antiadherentes e impermeables. Estos compuestos son muy persistentes en el ambiente y en el organismo, por lo que se los conoce como “químicos eternos”. Se han asociado con alteraciones hormonales, metabólicas y reproductivas, así como con impacto en el sistema inmune y aumento del riesgo de ciertos tipos de cáncer. Desde la toxicología ambiental, la European Chemicals Agency clasifica a los PFAS como sustancias de especial preocupación debido a su persistencia en el ambiente y en el organismo humano. Reemplazar utensilios muy deteriorados y elegir materiales estables como acero, hierro o cerámica de buena calidad puede reducir esta exposición.
Los cosméticos, perfumes y productos de cuidado personal como cremas, maquillaje, esmaltes, lacas para el cabello, dentríficos, desodorantes, shampoo y cremas de enjuague pueden contener conservantes y compuestos aromáticos sintéticos que actúan como moduladores hormonales. La piel es un órgano con capacidad de absorción, por lo que lo que aplicamos sobre ella puede ingresar al organismo. Elegir fórmulas más simples y reducir el uso excesivo de fragancias artificiales suele ser una estrategia prudente.
Los aromatizantes ambientales, velas industriales, difusores eléctricos, sahumerios sintéticos, aerosoles y algunos productos de limpieza muy perfumados liberan mezclas químicas que permanecen en el aire y se inhalan de manera sostenida. Ventilar los ambientes y optar por productos con menor carga química puede disminuir el impacto.
Los residuos de pesticidas en frutas y verduras también forman parte de esta realidad. En exposiciones prolongadas, ciertos agroquímicos se han vinculado con alteraciones hormonales y reproductivas. Lavar correctamente los alimentos, variar su procedencia y priorizar productos frescos y orgánicos cuando sea posible son medidas simples que ayudan a disminuir el contacto.
El agua puede contener contaminantes ambientales como plomo, mercurio, arsénico o restos de compuestos industriales. Estas sustancias pueden interferir con el sistema endócrino y afectar múltiples funciones del organismo. Elegir fuentes confiables, utilizar sistemas de filtrado adecuados cuando sea posible y mantener controles periódicos son decisiones preventivas relevantes.
No se trata de que una única exposición produzca enfermedad de manera inmediata, sino del efecto acumulativo de múltiples factores ambientales a lo largo del tiempo. La combinación sostenida puede aumentar la vulnerabilidad biológica individual y reforzar la importancia de la prevención informada y de las decisiones cotidianas orientadas al cuidado integral de la salud. Cada vez comprendemos con mayor claridad que la verdadera medicina de la longevidad no comienza cuando aparece la enfermedad, sino cuando aprendemos a proteger el equilibrio del organismo en cada gesto diario.
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