Barroso: del prontuario por robos y armas a una imputación por homicidio agravado
“El Gordo Travolta” acumuló causas por robos, drogas y violencia antes de quedar acusado por un crimen a tiros.
Carlos Fausto Barroso, conocido en los barrios del oeste de la ciudad como “El Gordo Travolta”, no llegó a una imputación por homicidio desde el vacío. Su nombre no apareció de golpe en un expediente por homicidio agravado. Llegó después de años de conflictos con la ley, causas reiteradas y una progresión constante en el nivel de violencia.
Su historial muestra una secuencia que no se interrumpe: robos, resistencia a la autoridad, hechos vinculados a estupefacientes, portación de arma, amenazas, violaciones de domicilio. Detenciones, excarcelaciones, nuevas causas. Un patrón de reincidencia sostenida.
Al principio, delitos patrimoniales. Luego, episodios con armas. Más tarde, violencia interpersonal directa. La curva es clara: de apropiarse de bienes a ejercer dominio. De escapar de la policía a enfrentarla. De la intimidación a la agresión abierta.
Esa trayectoria encuentra ahora su punto más grave en la causa por homicidio agravado por el uso de arma de fuego y por el concurso premeditado de dos o más personas, en la que está imputado por la muerte de Carlos Javier Moyano.
El 13 de febrero, alrededor de las 20, Moyano fue hallado tendido en la avenida Quinto Centenario, a la altura de la manzana "L" del Barrio 1º de Mayo, con un disparo en el dorso. A metros, su motocicleta. A su alrededor, vecinos alterados que gritaban un nombre: Barroso.
En medio de la conmoción, algunos vincularon el ataque a una presunta disputa territorial. Esa versión surge exclusivamente de dichos vecinales recogidos en el lugar y no constituye prueba judicial. Pero refleja el entorno en el que ambos se movían y el tipo de conflictos que ya se asociaban públicamente al imputado.
Lo que hoy investiga la Fiscalía no es un arrebato ni una pelea espontánea. La carátula habla de agravantes: arma de fuego y concurso premeditado. Es decir, posible actuación conjunta y planificación previa.
En términos criminológicos, la trayectoria de Barroso responde al perfil de delincuente persistente con escalada progresiva. Cada intervención judicial previa no logró desarticular la conducta, sino que pareció acompañar una intensificación. La violencia dejó de ser un recurso ocasional para transformarse en herramienta.
Matar en vía pública, con luz natural y frente a testigos, no es un gesto impulsivo. Es una demostración de poder o, al menos, una apuesta a la impunidad.
La Justicia deberá probar responsabilidades y determinar el grado de participación. Pero el recorrido previo muestra que el homicidio no aparece como un hecho aislado en la biografía criminal de Barroso, sino como el punto más extremo de una secuencia que venía escalando.
El apodo que durante años circuló en expedientes menores hoy figura en una causa por homicidio agravado. Y esa diferencia no es sólo jurídica. Es el reflejo de una violencia que fue creciendo hasta cruzar el límite definitivo.
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