17°SAN LUIS - Domingo 19 de Mayo de 2024

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El sol y la luna en el mismo sitio, con la certeza de que Messi es un camello

Viajamos al corazón del desierto qatarí. Arena dorada y las aguas del Golfo Pérsico acariciando la costa. Un combo perfecto, como el "10" y la Selección en esta Copa.

Por Alejandro Magdaleno
| 17 de diciembre de 2022
Una familia qatarí, con la "Albiceleste". El amor por Messi es enorme en cada rincón del planeta. Todos quieren que levante la tercera. El Diario es testigo privilegiado de este anhelo.

Catorce periodistas argentinos nos subimos en tres 4x4 y vamos rumbo al desierto qatarí por 155 riales —cerca de 50 dólares—.

 

El reloj marca las 14. Está nublado en Doha. Dicen que será uno de los tres días del año en los que lloverá. El cielo está espeso, son nubes que parecen tener el lastre de la eliminación de España en esta Copa del Mundo.

 

El cielo cambia mientras dejamos la ciudad capital, que el domingo tendrá la final entre Argentina y Francia.

 

A 40 minutos de salir desde la estación de metro en Legtaifiya —punto de encuentro periodístico— arribamos al desierto.

 

Aquí la tormenta quedó atrás. El calor acompaña, no abraza.

 

Ante las pupilas aparecen ellos, los reyes sin corona: dromedarios (tienen una giba o joroba) y camellos (tienen dos). Casi todos son dromedarios.

 

Un paseo corto, unos 5 minutos, cuesta 50 riales qataríes —unos 15 dólares—. Para uno más largo, ya desierto adentro, hay que abonar 100 de la moneda local.

 

Hay argentinos y argentinas que copan el escenario dorado de las dunas con sus casacas Messinianas con el número 10.

 

Y después de los camellos de regreso a las 4x4, y arranca la travesía en busca del atardecer. "A las 17 cae el sol y estamos a 20 minutos del mar", indica Ahmad, el chofer. "No hay ningún problema", le respondemos.

 

Él sonríe y muestra su reloj. Faltan 7 minutos para las 17, y el viaje es de 20'.

 

Lo que sigue es una sensación de navegar por la arena, subir y bajar a pura velocidad, tener la idea de que nos vamos a caer de la cornisa que tiene arena de un lado y del otro, mientras trepamos como a buscar el sol para bajarlo con la mano. Vamos en esa línea recta.

 

La música arábiga replica en el habitáculo que nos tiene saltando y girando cual artistas del Cirque du Soleil.

 

El sol desciende y acaricia la arena. Bajamos a contemplar la magia de la naturaleza sintiendo que el Universo está ahí, delante de nuestros ojos.

 

Pidiendo permiso y regalando la nostalgia del día que se va, el sol del desierto se esconde. Pero lo que sigue es la fascinación absoluta: la luna ya está entera y mira de frente los últimos vestigios de sol. Están separadas por una línea que podría ser la mitad de cancha. Y parado ahí, de número 5 y volante central, giro a un lado y le doy un pase fotográfico al sol, giro y tiro una pared con la luna. Miro a ambas de reojo y siento que el cuerpo flota.

 

Volvemos a subir a los móviles. Ahmad sigue conduciendo tan rápido y magistralmente como antes.

 

"Y ahora, ¿dónde vamos?", preguntamos. Solo señala adelante y tras la duna aparece imponente el Golfo Pérsico en la tardecita del desierto.

 

Hay una familia entera de Pakistán que moja sus pies en la costa y piden la Bandera Argentina de El Diario para retratar el momento. El abuelo pronuncia Messi y se lleva la mano al corazón.

 

La luna se refleja en las cálidas aguas que acarician la costa.

 

Y de repente llega la noche, y la calidez perdura en el alma mientras la temperatura baja abruptamente.

 

Ahora sí, Ahmad conduce suave y la música la da el entorno. Vidrios bajos, le pedimos que apague las luces de la camioneta y en ese momento las legendarias procesiones del desierto pasan ante nuestra vista imaginaria, y las carpas se despliegan abastecidas de arte, cultura y comida.

 

A las 18:30 estamos de regreso en Legtaifiya.

 

Ninguno de los catorce periodistas habla. Nos miramos compartiendo la certeza de querer tener a nuestras familias en ese espacio mágico, único y colosal en el que habitan sol, luna y mar al abrigo de la arena de oro.

 

"¿Qué más podemos pedir?", dice Fabricio, de La Pampa.

 

"Que Messi levante la Copa el domingo", le respondo.

 

Volvemos a hacer silencio, y ahí se me ocurre plantear que Messi es un camello: tiene la habilidad para transportar cargas pesadas —hasta 200 kilos (y 47,5 millones de habitantes que hay en Argentina)—, además de su conocida capacidad para sobrevivir en condiciones áridas (pocas cosas son tan inmensas como el desierto y Messi).

 

El sol y la luna en el mismo sitio y en el mismo instante, como tener a la Selección Argentina y a Messi en la final del Mundial.

 

Y no es ningún cuento. Está pasando.

 

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