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Comer de la basura: cuando alimentarse se convierte en un privilegio

Hay imágenes que una sociedad jamás debería naturalizar. Y mucho menos mirar con indiferencia. Por Ivana Bianchi- Prof. Diplomada en Bioética – Pontificia Universidad Católica de Chile

Por redacción
| Hace 10 horas

Una persona abre un contenedor, un hombre revuelve bolsas, una mujer, junto a sus pequeños hijos, aparta con sus manos aquello que todavía parece comestible: un pedazo de pan, una fruta golpeada, quizá ya mordida, cualquier resto que pueda calmar el hambre.

 

Alguien espera que cierre un comercio para comprobar si, entre aquello que otros descartaron, todavía queda algo que pueda llevarse a la boca.

 

 

Son escenas que, poco a poco, comenzaron a formar parte del paisaje cotidiano de San Luis. Y quizás allí radique uno de nuestros mayores peligros: acostumbrarnos.

 

Porque cuando una imagen deja de conmovernos, cuando el dolor ajeno se convierte en parte del paisaje, algo profundo comienza a romperse en una sociedad.

 

 

Muchas de esas personas viven en ese límite doloroso entre la pobreza y la indigencia. Luchan cada día, ya no necesariamente para cubrir adecuadamente sus necesidades nutricionales, sino simplemente para conseguir algo que durante algunas horas calme la sensación de hambre. Y cuando una sociedad llega a ese punto, no alcanza con discutir estadísticas.

 

 

Conviene ser rigurosos: no existe una estadística oficial que determine cuántas personas en San Luis consumen alimentos recuperados directamente de la basura. Inventar una cifra sería irresponsable.

 

Pero la ausencia de un número no convierte al problema en inexistente. Al contrario. Debería obligarnos a mirar. A mirar más allá de las discusiones partidarias. Más allá de las estadísticas. Más allá de las explicaciones fáciles.

 

 

Porque la pobreza tiene rostro. Y ese rostro debe ser mirado. Tiene nombre y apellido.

 

 

Son personas que alguna vez tuvieron un trabajo, una casa, una familia, proyectos, sueños. Personas que quizá jamás imaginaron que algún día tendrían que buscar en los desperdicios que se desechan.

 

 

Por eso, tal vez no deberíamos apresurarnos a preguntar:

 

“¿Por qué no trabaja?”

 

Quizás deberíamos comenzar por una pregunta mucho más humana:

 

¿Qué ocurrió en la vida de ese ser humano para que terminara buscando su alimento en los desperdicios? ¿Cuáles son las políticas públicas que están fallando?, también podríamos preguntarnos que nos paso como sociedad. 

 

 

Por que el fracaso no se puede expresar solo en registros, en un presupuesto insuficiente o en una respuesta estatal que nunca llega. También se vuelve visibles Cuando encontramos a una persona dentro de un contenedor, la miramos por un instante y desviamos la mirada como si al no verla pudiéramos hacer desaparecer su dolor.   Cuando caminamos junto a una persona que duerme en una vereda y su presencia ya no nos sorprende. Cuando consideramos inevitable que alguien espere aquello que otro descarta para poder alimentarse. No es normal y no debería serlo jamás.

 

 

La situación de calle constituye una de las expresiones más extremas de vulnerabilidad. Quien vive a la intemperie está expuesto al frío, al hambre, a enfermedades, a la violencia, a los abusos, a los consumos problemáticos y a múltiples formas de exclusión.

 

Pero existe otra violencia, más silenciosa y, quizás, más difícil de reconocer.

 

 

La indiferencia que poco a poco deja de ver a una persona para comenzar a ver solamente “al que está en la calle”, “al que revuelve la basura”, “al indigente”. Y antes que cualquiera de esas categorías hay algo que nunca deberíamos olvidar: Es un ser humano, cuya autonomía esta vulnerada al no poder elegir libremente como alimentarse, si no entre consumir algo rescatado de una bolsa de residuos o acostarse con hambre. Cuando la necesidad es extrema, la voluntad queda condicionada hasta reducir las opciones a una sola: sobrevivir como se pueda.

 

 

Comer no puede convertirse en un privilegio. Tener un plato de comida no debería depender de encontrar algo todavía aprovechable dentro de una bolsa de residuos. Dormir bajo un techo no debería ser considerado un lujo.

 

El Estado posee responsabilidades indelegables. Pero también existe una responsabilidad social. La responsabilidad de no humillar. De no juzgar sin conocer. De no convertir el sufrimiento humano en espectáculo.

 

 

De no utilizar el hambre exclusivamente como argumento partidario. Y tampoco de descalificar cualquier intento de combatirla bajo la acusación automática de populismo. Tan injusto es utilizar la pobreza con fines políticos como despreciar las políticas sociales por el solo hecho de ser política social. 

 

El progreso de una sociedad también debe medirse por la manera en que trata a quienes quedaron últimos en la fila.

 

 

Una sociedad no pierde su humanidad simplemente porque existan personas pobres. La pierde cuando deja de verlas. Porque la verdadera suciedad que debemos limpiar no siempre está dentro de un contenedor.

 

A veces está en la indiferencia que nos permite mirar el sufrimiento de otro y seguir caminando.

 

 

 

 

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