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Las naciones maduras distinguen entre sus símbolos, sus tragedias y sus celebraciones

Sobre la disputa de un partido especial entre Argentina e Inglaterra. Hay acontecimientos deportivos que trascienden lo meramente competitivo. Por Ivana Bianchi.

Por redacción
| Hace 9 horas

En 1982, tras 74 días de guerra entre la Argentina y el Reino Unido, 649 jóvenes argentinos entregaron su vida en las Islas Malvinas. Su sacrificio marcó para siempre la historia de nuestro país y dejó una herida que continúa abierta en la memoria colectiva. Hubo una Argentina antes y otra después de aquellos días.

 

 

La causa Malvinas constituye un reclamo legítimo e irrenunciable de soberanía, respaldado por la historia, el derecho internacional y una política de Estado que trasciende gobiernos e ideologías. Pero esa convicción no debe impedirnos reconocer otra verdad: la decisión de llevar al país a la guerra fue tomada por una dictadura que, cegada por el poder, actuó de espaldas al pueblo argentino y utilizó una causa nacional para intentar perpetuarse.

 

 

Hace unos días, Lionel Scaloni expresó una frase que generó debate: "Es solo un partido de fútbol". Y, en esencia, tiene razón. El deporte debe ser un espacio de encuentro, competencia y respeto. Nunca un escenario para el odio, la violencia o la intolerancia.

 

 

Sin embargo, tampoco podemos ignorar que existen acontecimientos deportivos cuya trascendencia excede lo estrictamente futbolístico. Cuando millones de personas en todo el planeta observan un partido, también se abre una oportunidad para recordar, con serenidad y respeto, que la Argentina mantiene un reclamo soberano sobre las Islas Malvinas.

 

 

Ese reclamo no necesita agresiones ni insultos. No necesita transformar una tribuna en un campo de batalla. La fortaleza de una causa justa se sostiene con argumentos, memoria y convicción, no con violencia.

 

 

Las Malvinas son parte de nuestra identidad nacional. Están presentes en los monumentos, en las escuelas, en los mapas, en las calles y en el corazón de generaciones enteras de argentinos que crecieron aprendiendo que la soberanía se defiende con firmeza, pero también con inteligencia y respeto por el derecho internacional.

 

 

Por eso, no se trata de elegir entre el fútbol o Malvinas. No se trata de enfrentar una celebración deportiva con una causa nacional. Se trata de comprender que una cosa no invalida a la otra. Podemos alentar a nuestra selección, respetar a nuestros rivales y, al mismo tiempo, mantener viva la memoria de quienes dieron su vida por la patria y reafirmar nuestro reclamo soberano.

 

 

Las naciones verdaderamente maduras saben distinguir entre sus símbolos, sus tragedias y sus celebraciones. Honran a sus héroes sin sembrar odio. Defienden sus derechos sin renunciar al respeto. Celebran sus victorias sin olvidar su historia.

 

 

Ese es el camino que la Argentina debe seguir: el de la memoria, la paz, la unidad nacional y la firme convicción de que nuestro reclamo sobre las Islas Malvinas seguirá vigente mientras exista un pueblo dispuesto a sostenerlo con dignidad.

 

 

Porque la memoria no divide; une. Y la soberanía se defiende con la fuerza de la razón, la historia y el respeto.

 

 

Las Malvinas fueron, son y serán argentinas.

 

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