Florencia Clementi
Médica cirujana
¿Por qué se me hincha la panza? Escuchar al intestino es una forma de cuidar la salud
Durante años, la panza hinchada, los gases o la constipación fueron naturalizados como molestias menores, casi inevitables. Algo que “pasa”, que se tolera o se tapa con un antiácido, una infusión o resignación. Sin embargo, hoy la ciencia es clara: la distensión abdominal no siempre es normal y, muchas veces, es una señal que el cuerpo envía y que vale la pena escuchar.
Lejos de tener una única causa, la hinchazón abdominal suele ser el resultado de varios factores que actúan en conjunto. La forma en que comemos, los alimentos que elegimos, el estado de nuestra microbiota intestinal, el estrés, las hormonas, el tránsito intestinal e incluso el funcionamiento del estómago cumplen un rol clave en este proceso.
Uno de los puntos más subestimados es cómo comemos. Comer rápido, masticar poco o ingerir grandes cantidades favorece que traguemos aire y dificulta la digestión. Esto genera gases y sensación de pesadez. También sucede cuando se intenta “comer más sano” de manera abrupta, incorporando grandes cantidades de fibra sin una adaptación progresiva. La fibra, presente en frutas, verduras, legumbres, semillas y cereales integrales, es fundamental para la salud intestinal, pero al ser fermentada por las bacterias produce gases. El intestino necesita tiempo para adaptarse.
En el extremo opuesto, los alimentos ultraprocesados, las frituras, el exceso de azúcares y las bebidas gaseosas alteran la microbiota intestinal y favorecen la inflamación digestiva. No es casual que estos productos estén asociados a digestiones pesadas, gases persistentes y constipación.
Otro factor frecuente son las intolerancias y sensibilidades alimentarias. No todas las personas digieren los alimentos de la misma manera. La sensibilidad al gluten no celíaca, la enfermedad celíaca, la intolerancia a la lactosa, a la fructosa, a los FODMAPs o los trastornos en el metabolismo de la histamina pueden provocar distensión, gases y diarrea. En todos estos casos, el alimento no se digiere correctamente y llega al intestino, donde se fermenta. El diagnóstico, siempre, debe realizarlo un médico.
La microbiota intestinal, ese conjunto de bacterias que viven en el intestino y cumplen funciones esenciales, también puede alterarse. El uso de antibióticos, una alimentación pobre en fibra, la disbiosis, el sobrecrecimiento bacteriano (SIBO), la presencia de hongos, parásitos o toxinas ambientales generan desequilibrios que se traducen en inflamación abdominal, gases persistentes y hasta cambios en los antojos por harinas o azúcares.
La constipación es otra causa central. Cuando el tránsito intestinal es lento, los alimentos permanecen más tiempo en el intestino y aumentan los procesos de fermentación. La hidratación adecuada y la actividad física son pilares para mantener el intestino en movimiento. En muchos casos, el problema no es la fibra en sí, sino un intestino desbalanceado que no logra tolerarla.
A esto se suma el estrés, un actor silencioso pero poderoso. El intestino y el cerebro están conectados de forma permanente. El estrés altera el movimiento intestinal, reduce la producción de enzimas digestivas y aumenta la sensibilidad al dolor y a la distensión. Comer apurado, nervioso o en estado de tensión impacta directamente en la digestión. Técnicas simples de respiración pueden ser grandes aliadas.
Las hormonas también influyen. Estrógenos, progesterona, cortisol e insulina modifican la motilidad intestinal y la microbiota. Por eso muchas mujeres experimentan distensión abdominal durante el ciclo menstrual y los trastornos tiroideos pueden acelerar o enlentecer el tránsito intestinal.
El estómago, muchas veces olvidado, cumple un rol fundamental. La gastritis, el reflujo o el uso prolongado de antiácidos pueden alterar la digestión. El ácido gástrico no solo ayuda a digerir los alimentos, también protege contra microorganismos. Gases después de comer, sensación de llenura rápida, heces flotantes o restos de alimentos sin digerir son señales de alarma.
Tampoco hay que perder de vista el impacto de medicamentos y suplementos como antibióticos, hierro, antiinflamatorios, opioides, metformina, edulcorantes artificiales o el uso crónico de antiácidos, todos capaces de alterar la flora intestinal.
Existen, además, enfermedades digestivas y sistémicas que pueden manifestarse con distensión abdominal, como el síndrome de intestino irritable, la endometriosis, los trastornos de absorción de nutrientes o las enfermedades tiroideas. Cuando la hinchazón es persistente o genera molestias importantes, la consulta médica es indispensable.
Más allá del síntoma puntual, hoy se sabe que un intestino inflamado durante mucho tiempo puede desarrollar lo que se conoce como permeabilidad intestinal: pequeñas “grietas” por donde pasan sustancias que activan el sistema inmunológico, generando inflamación en distintos órganos. Este proceso se vincula con enfermedades metabólicas, autoinmunes, neurológicas y con el envejecimiento del organismo.
Cuidar la salud digestiva no es solo una cuestión de comodidad. Comer despacio, masticar bien, hidratarse, incorporar fibra de forma progresiva, moverse y reducir ultraprocesados son hábitos simples que marcan la diferencia. Las infusiones, los probióticos bien indicados y el acompañamiento profesional pueden ayudar, pero no reemplazan la evaluación médica.
Escuchar al intestino no debería generar miedo, sino conciencia. En la mayoría de los casos, la distensión abdominal es frecuente y tratable. La ecografía abdominal (siempre indicada y evaluada por el médico tratante) es un elemento clave. Entender sus causas es el primer paso para mejorar la calidad de vida y cuidar la salud integral del cuerpo.
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