Florencia Clementi
Médica cirujana
Hantavirus en Argentina: una enfermedad prevenible que exige conciencia y acción
Hablar de hantavirus en la Argentina no es hablar de una amenaza lejana ni excepcional. Es hablar de una alerta sanitaria vigente, de una enfermedad prevenible y de un problema que expone, con crudeza, cómo las condiciones ambientales, el abandono y la falta de políticas sostenidas terminan impactando directamente en la salud de la población.
Los datos oficiales son claros. Según el último Boletín Epidemiológico Nacional, durante 2025 se registró un incremento del 17 % de casos respecto al promedio del período 2020–2024. Se confirmaron 86 casos en todo el país y 28 personas fallecieron, lo que arroja una letalidad cercana al 33 %. Detrás de cada número hay una historia, una familia atravesada por una enfermedad que, en la mayoría de los casos, podría haberse evitado.
La hantavirosis es una zoonosis causada por virus del género Orthohantavirus. En nuestro país circulan distintas variantes, como el virus Andes y el virus Buenos Aires. La transmisión ocurre, principalmente, por la inhalación de partículas contaminadas con orina, heces o saliva de roedores silvestres infectados. Esto sucede en zonas rurales, pero también en áreas periurbanas, en viviendas cerradas durante mucho tiempo, galpones, depósitos, terrenos baldíos, barrios con acumulación de residuos o entornos con saneamiento deficiente.
Lo preocupante es que no estamos frente a un cuadro clínico fácilmente reconocible en sus inicios. La enfermedad suele comenzar como una gripe: fiebre, dolores musculares, cefalea, malestar general, náuseas, vómitos, dolor abdominal. Si no se considera el contexto epidemiológico, puede pasar desapercibida. Pero con el correr de los días puede evolucionar hacia un compromiso respiratorio grave, con hipotensión y falla cardiopulmonar: el llamado Síndrome Cardiopulmonar por Hantavirus, una forma clínica de altísima gravedad que requiere atención médica inmediata y cuidados intensivos.
La experiencia clínica y la evidencia coinciden en un punto clave: la consulta temprana puede marcar la diferencia en el pronóstico. Sin embargo existen demoras en la sospecha clínica diagnóstica, subestimación de los síntomas iniciales y aún hay desconocimiento sobre los factores de riesgo por parte de los pacientes. Eso también es un problema sanitario.
Hoy no contamos con un tratamiento antiviral específico aprobado para el hantavirus. El abordaje médico se basa en el tratamiento de sostén y el soporte intensivo precoz. Se han estudiado alternativas como corticoides, plasma de convalecencia o ribavirina, pero no forman parte de los tratamientos estándar con evidencia concluyente. En otras palabras: la herramienta más poderosa que tenemos sigue siendo la prevención.
Y aquí es donde debemos detenernos en una idea central: el hantavirus es una enfermedad prevenible. La prevención no es un concepto abstracto, sino un conjunto de acciones concretas y cotidianas que marcan la diferencia.
Ventilar los ambientes cerrados antes de ingresar, limpiar con soluciones adecuadas, evitar el contacto con roedores y sus secreciones, mantener patios desmalezados, almacenar correctamente los alimentos y extremar cuidados en ámbitos rurales o al acampar son medidas simples, pero altamente efectivas.
La educación sanitaria cumple un rol clave. Cuando las personas conocen los riesgos, identifican los síntomas tempranos y consultan a tiempo, se reduce la posibilidad de cuadros graves y se salvan vidas. La información clara y accesible es, en este contexto, una herramienta de cuidado tan importante como cualquier recurso médico.
La aparición de casos no es un fenómeno aislado ni azaroso. Aumenta allí donde hay abandono ambiental, basurales a cielo abierto, terrenos baldíos sin control, viviendas precarias, falta de saneamiento y escasa educación sanitaria. El hantavirus, en ese sentido, funciona como un síntoma: muestra las consecuencias concretas de la desatención estructural.
Además, factores como las lluvias intensas, las inundaciones y los cambios en el ambiente favorecen el desplazamiento de roedores hacia zonas habitadas, incluso en grandes ciudades. Esto exige sistemas de vigilancia epidemiológica robustos, equipos de salud capacitados y respuestas rápidas ante posibles brotes.
La prevención comunitaria y la educación sanitaria no pueden ser eslóganes. Deben ser políticas sostenidas en el tiempo, con recursos, planificación y compromiso real. Porque cada caso evitable que ocurre es, también, una responsabilidad colectiva.
El hantavirus es una enfermedad prevenible. Comprender sus mecanismos de transmisión, reconocer sus síntomas iniciales y adoptar medidas de cuidado en el hogar, en el trabajo y en la comunidad puede reducir de manera significativa el riesgo de enfermar.
La prevención, la información y la consulta médica oportuna siguen siendo hoy nuestras herramientas más eficaces. Y en ese camino, el compromiso individual y colectivo con el cuidado del entorno y de la salud puede marcar la diferencia entre la enfermedad y la protección.
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