20°SAN LUIS - Martes 04 de Octubre de 2022

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El misterioso legado de un cura que regía en la noche

Han pasado probablemente alrededor de diez años. La luna reinaba el cielo, escoltada por nubes de mal augurio. El viento característico de mi pueblo manifestaba peligro, los viejos árboles crujían en un eco indescifrable. La turbación era doble. Por un lado, se hacía cada vez más puntual la posibilidad de que una rama cayera sobre mi cabeza. Por otra parte, internamente me sentía en la noche del espíritu.

 

En una oscura calle de tierra, se dejó entrever una figura que en principio me asustó. Un hombre caminaba en una soledad indeleble. Tenía un sombrero de paño negro y un poncho que le cubría la espalda y buena parte del rostro. Un sonido particular marcaba su paso, sereno, a pesar de la turbia tiniebla. A medida que se acercó, mi miedo se tornó en una gran paz. El ruido que escuchaba era un rosario que golpeaba casi matemáticamente sus cuentas. Se trataba de un anciano sacerdote. Nunca lo había visto, aunque soy el menos indicado para dar rigor, porque por entonces estaba un tanto alejado de la práctica religiosa y, por ende, desactualizado de las figuras presbiterales.

 

Una vez que lo tuve cara a cara, me saludó. Me preguntó qué hacía y le comenté que regresaba a mi casa, con prisa por el recelo que me generaba el contexto. Me bendijo. De pronto, el sigilo que atormentaba mi camino se apagó. Pude llegar tranquilo, aun frente a las lechuzas que sobrevolaban la vereda de mi hogar.

 

Con el correr de los días pregunté a cuantos pude sobre ese cura. Se trataba de un hombre que habían dispuesto para tareas de asistencia al párroco; fue durante la presencia de Daniel Martínez como obispo. Por entonces, las redes sociales aún no permitían una comunicación detallada con los fieles y quienes no iban asiduamente a misa, como mi caso, nos perdíamos algunas informaciones. Con lo cual para mí, como para muchos, la función del sacerdote era un enigma.

 

Confesaba, bendecía, hacía todas las tareas que la autoridad episcopal le permitía. Pero al mismo tiempo era diferente. Siempre con su poncho y su sombrero por las calles, en la penumbra; él regía la noche. Desde entonces, lo que para mí era una incógnita se tornó cada vez más en una especie de mito. Quizá muchos no coincidan conmigo, pero se dejaba entrever algo particular, como si se tratara de una acción que iba más allá de lo que podían ver los ojos.

 

Innumerables fueron las noches en las que lo vi caminando, siempre sereno, en la impenetrable negrura. Intuí que tenía una clara lucha, había una fuerza que se revelaba contra el mal.

 

Hubo rumores concretos en el pueblo. Se decía que tenía aberración por las personas que practicaban ritos esotéricos. Para él, las brujas estaban presentes en la localidad y su intersección ante Dios, con humildes oraciones, era el medio para conjurar una suerte de liberación magna.

 

Por este motivo, muchos empezaron a señalar que podía atravesar problemas mentales. En cierta forma era un incomprendido. Pero a pesar de todos los obstáculos, prosiguió en silencio sus propósitos.

 

Con el tiempo, de un día para otro, no lo volví a ver. Al menos en lo personal, su llegada y su salida fueron un misterio. Según la información que detalla el obispado en la Guía Diocesana, actualmente está en el Asilo Casa de los Sabios, Religiosas Hermanas de los Ancianos Desamparados (Córdoba).

 

Lo que rescato, desde mi ignorancia y mi pobre religiosidad, es que este cura concretó algo digno de imitar. Estuvo en la calle, rezó, intercedió, salió al encuentro, hizo lío, como dice el Papa Francisco. Cualquier congregación, de cualquier credo, estaría orgullosa de tener un pastor que rija la noche.

 

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