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El cine total

Hace medio siglo Francis Ford Coppola presentó una película que por sus actuaciones, su trama, su música y su narrativa se convirtió en un clásico cuya visión, aún hoy, resulta una oferta imposible de rechazar. 

Por Miguel Garro
| 19 de septiembre de 2022

Hace 50 años, la escena de un hombre que al despertar descubre la cabeza sangrante de su caballo preferido a los pies de su cama representó un impacto estimulante que generó que los espectadores fueran del asco al miedo y de la gracia al espanto. En su manera de narrar una historia de venganza, traiciones, muerte, sangre y mafia, “El Padrino”, la obra maestra de Francis Ford Coppola, se convirtió en un hito del cine universal, algo así como la máxima expresión del cine total.

 

A la escena del caballo decapitado le precedieron y le sucedieron, desde la primera a la última, una serie de imágenes inolvidables de una crudeza y una perfección que conformaron casi por instinto sanguíneo una gran obra. 

 

La argamasa que convirtió a aquella película en una de las mejores, si no la mejor, de todos los tiempos se compuso de actuaciones brillantes (Marlon Brando, Al Pacino, James Caan, Diane Keaton), un libro potente autoría de Mario Puzo que de por sí se convirtió en un clásico de la literatura, una dirección majestuosa que le abrió las puertas a un cineasta imprescindible, una música que se puso en primer plano y luego fue inolvidable, y una batería de personajes secundarios que colorearon —en su mayoría de rojo sangre— la trama.

 

No es fácil conseguir semejante armonía detrás de una obra de arte. Es por eso que muy pocas películas antes y después de “El Padrino” consiguieron un consenso tan claro sobre su calidad técnica y estética. Alberto Tricarico, docente de la Historia del Cine y una de las personas que más sabe del séptimo arte en la provincia lo dice a su manera: “Es la primera manifestación de la autoconciencia definitiva en el cine; esto es hacerse cargo de todo el recorrido que hizo el cine como lenguaje desde los comienzos hasta ese momento y en adelante”.

 

Para Tricarico, describir “El Padrino” es una forma de escribir la historia del cine porque el nombre de Vito Corleone es sinónimo de cine clásico. “Esa película define qué es el cine, qué fue el cine y qué debería seguir siendo el cine en términos teóricos, técnicos, narrativos, dramáticos y simbólicos”.

 

Estrenada en Estados Unidos en marzo de 1972 (por eso muchas notas periodísticas se hicieron en ese mes), a la Argentina la película llegó el 20 de septiembre de ese mismo año y el suceso fue inmediato. Ganó el Oscar a la mejor película, al mejor actor protagónico y al mejor guion adaptado en una gala en la que “Cabaret”, con Liza Minelli en estado de gracia, se llevó ocho premios. 

 

Luego del éxito de “El Padrino” vino la prolongación de la historia. La segunda parte se estrenó en 1974 y se convirtió en la primera secuela en ganar un Oscar. Ese año, además se llevó la estatuilla al mejor director (negada dos años antes), al mejor actor de reparto para Robert De Niro, al mejor guion adaptado y diseño de producción y reparó una injusticia enorme al entregar el premio a la mejor banda sonora original a Nino Rota, luego de su descalificación  en la primera entrega. 

 

Dieciséis años más tarde llegó “El Padrino 3” con una trama en la que los personajes y la historia se volvió más actual, con protagonismo de los hijos de los miembros de la familia mafiosa y la incorporación de Andy García, quien logró, acaso prematuramente, la mejor actuación de su carrera. La contabilidad en cuanto a los Oscar de ese año cuenta siete nominaciones, pero ningún premio.

 

El nivel parejo de todas las producciones (por supuesto que la primera tiene un color especial de abrir la saga) agigantó aún más la leyenda, a tal punto que para algunos analistas es difícil discernir cuál es su preferida. “En las tres películas hay un hallazgo distinto, un detalle que la hace especial”, grafica Martín Ochoa, uno de los directores de cine más activos de la provincia.

 

Para Tricarico, la calificación es simple. “El Padrino es la película perfecta; eso quiere decir que reduce el azar a cero: a esa película no se puede sacar una escena, no se le puede sacar un diálogo, no se le puede sacar un plano, no se le puede sacar un personaje”.

 

 

Las razones de un clásico
 

 

Con Marlon Brando en el papel de Vito Corleone a la cabeza, las actuaciones asumen un papel clave en la narrativa. La profundidad que el actor le imprime al jefe de la familia hacen que la frialdad y la calidez se mezclen en un hombre capaz de mandar a matar impiadosamente, pero también de sentir que la vida se le parte cuando matan a su hijo mayor, destinado a sucederlo en la línea de mando; o de jugar en el jardín con su nieto, en los momentos previos al infarto que le quitaría la vida.

 

“La escena de la muerte de Vito —señala Ochoa— es una de las mejores escenas de muerte de la historia del cine. Y fue improvisada por Brando, por lo que en ese caso el mérito del director fue aprovechar la gran capacidad de su actor”.

 

 

 

 

Para Martín Ferrari, director de cine y exresponsable de San Luis Cine, la película aportó mucho por cada elemento que posee. “Las actuaciones, los tiempos y los silencios en los diálogos, la fotografía oscura, la música —enumera— son notables, pero para mí el aporte mayor es la presencia de Marlon Brando. Cualquiera de las escenas compartidas con Al Pacino son memorables”.

 

Al Pacino tomó el papel de Michael Corleone, el encargado de seguir la posta ante la muerte del padrino original. La escena en la que el séquito de mafiosos lo enarbola como el sucesor, tras mentirle a su esposa —una inobjetable Diane Keaton— tiene una carga simbólica altamente sugestiva.
La mujer observa por la puerta entreabierta que Michael se convierte en el continuador de los negociados turbios pese a que él se lo había negado momentos antes. El gesto de resignación de la mujer no permite más análisis. Aunque los hay, simbólicos. “Con la puerta que se cierra en la escena final —sostiene Tricarico— se abren mil más para los espectadores, de entendimiento y de reflexión”.
Robert Duvall, James Caan, Robert De Niro, quien ingresó en la segunda parte, Andy García y Sofia Coppola, quien interpreta a la hija de Michael en la entrega final y es ferozmente asesinada en una escalera en otra escena que marcará el ritmo trágico de la trilogía, fueron parte de un elenco sin el cual hubiera sido imposible contar la historia con ese grado de credibilidad. Muchos de los actores que hasta esa película no eran tan conocidos cimentaron sus carreras, en la mayoría de los casos exitosas, gracias a ella.

 

Puede que sea un parámetro válido para reafirmar la potencia de las actuaciones el hecho de que en la entrega de los Oscar de 1972, Brando ganó como mejor actor y de las cinco nominaciones a mejor actor de reparto, tres recayeron en “El Padrino”: Pacino, Caan (la escena de la muerte de su personaje es un canto a la actuación) y Duvall. Ganó, sin embargo, Joel Grey, por “Cabaret”. La secuela acaparó las actuaciones masculinas, ya que el papel de Michael Corleone se llevó la estatuilla al mejor actor y De Niro —por su Vito Corleone joven— ganó al mejor actor de reparto, en una terna en la que otra vez sobre cinco nominados, tres trabajaron en la película. Los otros fueron Michael Gazzo y Lee Strasberg.

 

La ascendencia italiana y la estadía neoyorquina —un bagaje que lo emparentó con Coppola— hicieron de Mario Puzo un escritor interesado en esas nacionalidades. Y uno de los puntos de conexión entre ambos extremos es la mafia. 

 

Quienes leyeron el libro original y vieron la película se preguntaron qué historia contarían Coppola y Puzo para la segunda entrega, ya que “El Padrino” agota de punta a punta el libro que salió a la venta en 1969, cinco años antes de su filmación. La respuesta llegó con una sorpresa doble: los autores prepararon un guion que funcionó en simultáneo como precuela y secuela de lo que se había contado en la primera parte y que había respetado su génesis literaria.

 

La tercera fue aún más sorprendente: Michael está en la cima de su carrera, pero su familia —acaso el bien que más intentó preservar— se desintegra desde la primera escena. Hasta la última.

 

Puzo se embarcó en la escritura de una novela que revelaría las intimidades y las brusquedades de una familia que integraba la Cosa Nostra y que se convertiría, antes de en película, en una obra clave de la literatura de la segunda mitad del siglo pasado. Para Tricarico, además de ser la película un tratado religioso (católico, por supuesto), político, sobre el poder, es también “una reflexión sobre determinados pensamientos italianos que se repiten en la historia desde el imperio romano pasando por Nicolás Maquiavelo, Benedetto Croce, Giambattista Vico y Mario Praz”.

 

Uno de los aspectos que Ochoa rescata con más firmeza de “El Padrino” es la música, un elemento fundamental que Coppola se encargó de maximizar. “Las melodías que acompañan cada escena son bellísimas y escuchar la banda sonora de la película por separado es un ejercicio que repito cada tanto”, dijo el director.

 

La banda sonora fue encomendada nada más y nada menos que a Nino Rota, un gran compositor italiano que ya había musicalizado casi todas las películas de Federico Fellini y alguna de Luchino Visconti. Sin embargo, el único Oscar que ganó —que fue también su única nominación— fue por “El Padrino 2”. La banda sonora que hizo para la primera recibió una descalificación porque ya había sido usada para otra película.

 

Pero el encargado de conjugar las actuaciones, el guion, la música y todo el movimiento que genera un rodaje fue Francis Ford Coppola, un director que antes de embarcarse en su obra maestra había ganado un Oscar como mejor guionista por “Patton”, una película sobre el general estadounidense George Patton, protagonista de la Segunda Guerra Mundial y que encontró en 1972 su gloria total.

 

“Una de las cosas que más me llama la atención de Coppola —reseña Nicolás Teté, un joven cineasta villamercedino que vio “El Padrino” por primera vez mientras estudiaba cine— es todo lo que surge alrededor de los rodajes. Habla de un estilo, de una forma de hacer películas que no existe, o que existe cada vez menos”.

 

De hecho, hace poco Paramount estrenó “The offer”, una serie de siete capítulos que cuenta los secretos del clásico que cumple 50 años. “Muero por verla”, sostuvo Teté, quien a la hora de elegir una escena de la película escoge la del casamiento, una secuencia que deja ver “los vínculos que tiene la familia, el lugar que ocupa cada uno, pero sobre todo vislumbra algunas partes de la intimidad de ese grupo de mafiosos”. 

 

 

Hacia lo clásico
 

 

Alberto Tricarico tiene 52 años, o sea que tenía dos cuando se estrenó “El Padrino”. Pero la vio 50 veces. “Es una de mis películas preferidas, la primera vez que la vi tendría 15 años, por VHS y me impactó de una manera que todavía recuerdo”, dijo el docente que utiliza el filme para sus clases de Historia del Cine, Dirección de Cine y Análisis de Cine. 

 

Una de las situación que más le llamó la atención fue el planteamiento de libre albedrío en constante tensión con el destino que muestra la película. Y toma como ejemplo, otra vez, el momento en que Michael Corleone se convierte en el nuevo padrino. “Él elige ese destino, pero por otro lado ese destino está condicionado por el atentado a su padre, por lo que se puede entender que no es su elección. Sin embargo, a la vez eso está perfectamente disimulado si se quiere definir qué es el destino, algo que sucede en las viejas obras clásicas. O sea, no se puede saber si Michael decidió eso o si la situación lo obligó a decidir eso”. 

 

 

 

 

Ochoa, por su parte, descubrió la obra por “Función privada”, el clásico del viejo ATC que exhibió cine del bueno durante años los sábados a la noche. “Ese programa me hizo cinéfilo”, dijo. “Lo mejor que tiene la película es a Brando, un actor en su máxima expresión”.

 

En tanto, Ferrari tiene tantos años como “El Padrino” y recuerda que la primera vez que la vio tenía 13 años y había ido con su abuela a un ciclo de cine que organizaba un centro cultural cerca de su casa. “Lo mejor que puedo decir es que invito a los jóvenes a verla, a conocerla, a los y las estudiantes de cine a disfrutar todos los elementos que componen cada escena; a los músicos y compositores, a las actrices y actores, pero especialmente a mis contemporáneos para que formemos espectadores con esta película”.

 

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