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Escrito, que he vivido

Una charla sobre la vejez, el machismo antiguo, el feminismo actual y las relaciones paternales con uno de los escritores más premiados del país. 

Por Astrid Moreno
| 03 de octubre de 2022

Cuando su pareja le dijo que ya es demasiado grande para ella, en la mente de Federico Jeanmaire primó un pensamiento: "Soy viejo", se dijo. En ese momento también se preguntó: "¿Cómo te das cuenta de que ya lo sos". Con esa premisa, y con la cercanía de su cumpleaños 60, arribó a las islas Galápagos y entre las teorías de Darwin y el advenimiento de una nueva década craneó una novela a la que le pondría palabras en su regreso. 
Actualmente, el escritor tiene 65 años y su libro "Darwin o el origen de la vejez" ganó el Premio Unicaja 2021.

 

—Para escribir “Darwin o el origen de la vejez” viajaste a las islas Galápagos…
—En realidad es un viaje que hice cuando estaba por cumplir 60, los cumplí allá. La novela es un viaje interior y exterior. De algún modo la isla cuenta al protagonista y el protagonista a la isla e interviene, por supuesto, todo lo que tiene que ver con Darwin y sus teorías, él es fundamental en la isla. También tiene que ver con el hecho de cumplir 60 años y que un año y pico antes una mujer le dijo al protagonista que era muy viejo para ella, entonces la novela trabaja todo el tema de cómo uno se da cuenta de que está viejo por la palabra de un otro y cómo uno se entera de que en ese momento comienza a ser viejo. 

 

—Si la vejez es relativa, ¿cómo determinar quién lo es?
—Es relativa y la novela lo que trabaja es que el origen de la vejez está en los ojos de los otros. Una persona puede ser vieja para un grupo determinado y no para otro. El texto recorre el tema de cómo es que uno se entera de que puede ser viejo, independientemente de la edad que uno tenga. La idea nació cuando leí un texto que se llama “La vejez”, de Simone de Beauvoir. Ella fue a dar una charla en una universidad de Nueva York, tenía cincuenta y pico, y cuando va caminando, escucha que una alumna le dice a otra "yo no sabía que era tan vieja Simone". Eso le ocasionó que en los próximos cinco años investigara el tema de la vejez y escribiera un libro maravilloso con la mayor investigación sobre el tema y cómo es en otras culturas y sociedades. El eje de la vejez ronda en lo que le pasa a uno cuando descubre que es viejo para otro, la raíz del libro es esa y la de mi intento de resolver algo que no es de fácil resolución y que genera tanto desconocimiento.

 

—¿Seguiste sintiéndote viejo durante el proceso de escritura?
—No, pero sí hay una parte autobiográfica en todo esto. Sí me pasó, aunque el protagonista sea un músico y yo no. El hecho es que a mí, en lo personal, me sucedió y la novela trabaja ese tema. Sí puedo decir que en los primeros meses después del comentario de esa mujer fue un problema, de hecho tuve que escribir una novela sobre eso y que es mi forma de intentar resolver un problema, luego pasa y no es que uno vive con ese tema constante en la cabeza, ni mucho menos. Pero el origen de la novela es ese momento.

 

—Aportás la mirada masculina de la vejez, en el caso de la mujer es más drástico no solo desde la concepción social de la "belleza", sino en lo biológico también…
—Absolutamente, la mujer tiene ese famoso reloj biológico, que hace más presente esto de percibir el envejecimiento, mucho más que en el varón, por eso de la menopausia y todo el tema estético. Pero todos envejecemos. 

 

—A Simone se la asocia con la literatura feminista, ¿considerás a ese tipo de escritos como un género aparte?
—No me gusta hablar de géneros literarios, nunca me gustaron. No me interesa lo genérico. Simone fue una mujer fundamental para el feminismo, pero por ella, no por el género. En cuanto a los libros los hay buenos y malos igual que todo. Me parece que puede haber una visión femenina del mundo, como una masculina y diversas de acuerdo a la elección de cada uno. Sobre el hecho de que exista una literatura feminista, yo creo que hay que bajar el planteo, es literatura. 

 

—Darwin tenía teorías machistas, ¿se puede separar a la obra de la persona?
—La novela de hecho trabaja mucho eso y, sobre todo, de lo que ha sucedido con la masculinidad a lo largo de los siglos, cómo es ser varón hoy, cómo lo era en el siglo XIX. El machismo de Darwin es absoluto como lo era el de la mayoría de las personas de su época. La obra no puede gravitarse por el machismo de Darwin, que tiene momentos muy simpáticos que los describo en la novela. Por ejemplo, él escribe que el cerebro de las mujeres es más pequeño que el de los hombres. A pesar de que tuvo siempre mucho cuidado en lo que ponía en sus escritos, jamás abrió un cuerpo de mujer y comprobó eso, solamente era un prejuicio de la época. También habla de que la pérdida de pelo de los seres humanos vino de la coquetería femenina. Hay cosas que no se condicen con todo su trabajo científico, pero era otra época y tenía ese machismo del "buen inglés" de ese entonces. Él expone abiertamente que el hombre blanco, en especial el británico, es superior a todas las demás razas. Eso hoy es una locura, pero en la época, el gran imperio británico gobernaba y eso no invalida a Darwin, quien fue un señor que se animó a decir de alguna manera que no venimos de Adán y Eva, sino de los primates.

 

—Los conceptos del tiempo y de la espera están muy presentes en la novela. El protagonista argumenta que nunca en su vida tuvo tiempo para, justamente, la espera, ¿tiene que ver con algo de nuestra época?
—Totalmente. Hay varios momentos en los escritos de Darwin en los cuales uno piensa en cómo ha cambiado el mundo, cómo al hombre lo afectó un hecho histórico y eso se refleja mucho en la sociedad. Fue eso lo que me sirvió en la novela para trabajar el tema del tiempo, el amor y la belleza. Para él, el amor era la forma de relacionarse de los animales, era un tipo muy religioso y además muy contradictorio. Él no acepta el sexo si no es con amor, se imagina a una pareja de pájaros que se enamora para tener sexo y eso lo lleva también a su investigación y yo a mi libro. Hay muchas cosas que trabaja la novela que tienen que ver con lo que ha cambiado la sociedad, la mujer y el hombre.

 

—Al viaje lo hiciste con tu hijo...
—He viajado mucho con él porque nos llevamos muy bien y porque cada vez que tenemos una oportunidad, el dinero y el tiempo para hacerlo, viajamos. Es maravilloso pasar tiempo juntos, a pesar de que viví toda la vida con él. Ahora hace un par de años que vive solo, tiene 19, pero los viajes son una instancia diferente en el tiempo, hablando del tiempo, te sacan de tu lugar habitual, eso genera una relación y uno puede hablar de otros temas y conectar de forma diferente. Además, como él tiene mejor memoria que yo, cuando estaba escribiendo la novela le pregunté mucho porque se acordaba más cosas. Así que él también está, de alguna manera, en la novela, aunque no lo parezca.

 

—En tus libros, “Papá” y “Wërra” hay una referencias a tu padre, ¿en relación a la adultez y el vínculo con tu hijo, fuiste encontrando rasgos de él en vos?
—Supongo que el tema del padre es significante para todos. Sí, yo tengo rasgos de él y en mis escritos está reflejado, él está en todo lo que he escrito no solo en esos dos libros. Mi padre fue una persona que me contagió las ganas de leer, era un señor muy callado y cuando estaba en mi casa se la pasaba todo el día leyendo, entonces para mí leer fue un hábito que tomé de él y que se lo debo. Después todos los problemas que hemos tenido en la relación padre/hijo fueron aparte. Pero sí, supongo que le debo gran parte de lo que soy.

 

—¿La pasión por “Don Quijote de la Mancha” vino de él también?
—No, nada que ver. Está involucrada su hermana, es decir, mi tía. Sigue siendo algo familiar. Durante la dictadura yo estaba viviendo en Madrid y mi tía también. Ahí empecé a escribir mi primera novela, tenía 22 años, y ella era licenciada en Letras y estaba exiliada allá. Entonces le llevé la novela, al otro día me llamó y me dijo que era una porquería lo que estaba escribiendo, pero que siguiera leyendo, porque eso lo hacía muy bien, y que dejara la escritura para quienes lo sabían hacer. También me preguntó si había leído "El Quijote" y yo le dije que lo había intentado un par de veces, pero que no lo seguía. Entonces me dio su edición, una de la Editorial Huemul, lo leí y ese día juré que iba a conseguir que a mi tía le gustara algo que yo iba a escribir. Ella tuvo que ver mucho con mi formación, ella me conocía también y me dijo que era una porquería sabiendo que era mi oportunidad de mejorar.

 

—Y ahora que tus obras son premiadas, ¿qué representa para vos?
—En principio, es una manera de llegar a públicos más amplios. Los premios habilitan mejores lugares en las librerías y obligan a los libreros a colocar tus escritos en un estante más visto, entonces para mí son una forma de llegar a más gente. No sé si es mucho más que eso. Creo que no está bueno que un escritor se crea mejor por eso, yo he perdido más premios de los que he ganado. 

 

—“Wërra” llegó antes de la guerra entre Ucrania y Rusia, ¿hubiera afectado en algo?
—No, no lo sé en realidad. Lo que sí creo es que cambió mi percepción, muchas veces veo a la guerra como muy superficial, pero realmente es un problema y una tragedia. El hecho de escribir “Wërra” para mí es un reminiscente de lo complicado de narrar. Son muy difíciles de trabajar y comprender en su totalidad, en su momento pensaba qué nos estaban diciendo de esta gente, las informaciones aparecen en los civiles. A las guerras las aceptan todas las sociedades, la palabra viene de que te pagan un sueldo para guerrear. Del lado ruso y del ucraniano los soldados trabajan, cumplen órdenes de matar a un otro sin conocerlo y odiarlo sin ninguna razón. Hay personas del otro lado, se alistan chicos de 18 años que pierden la vida, porque la guerra "es así".

 

—Viniste a Villa Mercedes a la Feria del Libro, ¿cómo fue esa experiencia?
—Fue muy divertido porque estuvimos varios días de viaje en grupo con escritores que no conocía. Las ferias son maravillosas, muy linda la totalidad de la experiencia. Volví muy contento con Villa Mercedes.

 

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