19°SAN LUIS - Miércoles 29 de Junio de 2022

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“Es tiempo de ‘un aplauso’ para los docentes”

Que "nadie valora lo que tiene hasta que lo pierde" es una frase que se ha dicho mucho, y con razón, a lo largo de esta pandemia. Los abrazos nunca fueron tan necesarios como cuando se convirtieron en vías de contagio y los mates saben más amargos cuando no se pueden compartir. Pero también, el coronavirus nos ayudó a reconocer más a los trabajadores esenciales, esos que siguieron cumpliendo funciones vitales desde marzo del año pasado hasta la actualidad, aun poniendo en riesgo su propia salud, como lo hizo el personal sanitario y el de seguridad, entre otros.

 

Sin embargo, ni un virus mundial letal parece ser suficiente para terminar de dimensionar la tarea de los docentes. Siempre medidos con una vara diferente, los maestros no parecen haber sido tan beneficiados en el "aplausómetro" del agradecimiento popular: nadie salió a los balcones y a las ventanas a vitorear por ellos.

 

Que no trabajan los fines de semana, que tienen vacaciones largas, que explican mal o que sus clases son aburridas, que dan muchos deberes para la casa o que los chicos no hacen nada en el colegio, que desaprueban a los alumnos porque les tienen “idea” o que hacen paro porque son vagos son solo algunos de los argumentos que se esgrimen para desautorizarlos.

 

Pero lo cierto es que, con la llegada del coronavirus, tuvieron que adaptarse a una nueva metodología de enseñanza y dejar el aula, el hábitat donde muchos sacan a relucir sus mejores recursos. Los mayores debieron aprender a manejar tecnología que no conocían, montar estudios domésticos en sus casas, colocar luces, filmar, editar videos, subirlos a plataformas virtuales, armar grupos de WhatsApp con alumnos o padres, recibir mensajes en cualquier horario del día y corregir trabajos entregados a destiempo.

 

Aun así, las clases nunca se detuvieron.

 

En los primeros meses de cuarentena y de educación a distancia, no fueron pocos los tutores que reclamaron por la cantidad de tarea que recibían sus hijos. Más allá de algunos excesos, ¿no será que nunca se imaginaron que los chicos hacían tanto en las horas de colegio?

 

Cuando fue el turno de volver, pero en burbujas, las quejas se centraron en los pocos días a la semana que los niños iban a la escuela, pero no repararon en que los docentes tenían que adaptar nuevamente sus estrategias y esta vez para un público cargado de ansiedades, miedos y enojos contenidos, entre tantos otros sentimientos que puede haber provocado el encierro prolongado en los chicos.

 

Este Día del Maestro vuelve a ser diferente. Los recientes protocolos de presencialidad plena permiten que los salones estén casi llenos de nuevo. Y las "seños" y los "profes" se calzan el guardapolvo, el barbijo y la máscara anticoronavirus para enfrentarse a diario nada más y nada menos con la educación de nuestros hijos, una aventura que puede ser tan mágica como destructiva si no se hace correctamente. Quizás sea el momento de empezar a reconocer esa labor hoy y que el agradecimiento a nuestros maestros no llegue solo cuando pasen los años y añoremos el sonido del timbre del recreo o el olor de la tiza en la pizarra.

 

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