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Tulio Lucero, el armador del boom del vóley que se jubiló 20 días antes de la pandemia

Durante 44 años fue profesor en la Escuela Industrial, de la que fue también alumno. A punto de cumplir 70, cuenta por qué cambió los campeonatos nacionales de atletismo por el vóley, el deporte que se convirtió en su pasión, su vocación y el sentido de su vida. 

Por redacción
| Hace 19 horas

Cuando a principios de octubre cumpla 70 años, en la celebración de Tulio Lucero estarán dos reconocidos dirigentes del vóley nacional con los que se reencontró en Chaco hace poco. También irán algunos de sus alumnos de la Escuela Industrial, con quienes se junta cada tanto a comer un asado. Y estarán sus primos, sus conocidos, sus amigos, que son muchos.

 

 

La cercanía del cumpleaños redondo es el momento ideal para que el docente haga un recuento de su vida. “La gente me conoce como una persona sincera, que nunca ha tenido problemas absolutamente con nadie. En el vóley soy un referente porque llevo mucho tiempo. Siempre fui la misma persona, nunca cambié”, dijo.

 

 

Su padre le puso Tulio por un amigo que tenía y le adosó Aníbal para llamar al niño que nació en la calle Maipú, antes de llegar a avenida España. Luego se mudó a Sucre entre Belgrano y Ayacucho y en ambos lados cosechó amigos con los que jugaba con los autitos, con las tapitas de gaseosa o con la etiqueta de cigarrillos. “Ahora los chicos tienen otros juegos, pero eso a nosotros nos divertía muchísimo”.

 

 

“Cuando me encuentran por la calle, los chicos que fueron mis alumnos en el Industrial, que hoy son adultos, me saludan y me paran para preguntarme cómo ando. El recuerdo de ellos me enorgullece”.

 

 

 

Abanderado en la escuela Belgrano, niño de travesuras normales para la época, pasó la secundaria en la Escuela Industrial, cuando estaba en la calle Pringles y su padre era maestro en el taller. Dice que siempre le gustó la escuela técnica y que en 1975 se recibió de técnico mecánico electricista, el paso previo para el primer gran cambio de su vida: irse a estudiar a Villa Mercedes y vivir en la casa de una hermana de su padre.

 

 

“El año pasado mi promoción cumplió 50 años y nos juntamos la mayoría de los compañeros, hicimos una fiesta muy linda y volvimos al edificio donde estudiamos, donde ahora funciona otra escuela. El director nos dejó poner una placa”, recordó Tulio, quien en la Universidad se recibió de Ingeniero electromecánico.

 

 

 

 

Pero la vida docente de Lucero está indestructiblemente ligada a la escuela Industrial, primero en el edificio donde terminó la secundaria y luego en el del barrio El Lince. Allí fue jefe de la sección de Electricidad en la carrera de Electromecánica y guarda de cada alumno un recuerdo imborrable. “Cuando me encuentran por la calle, los chicos, que hoy son adultos, me saludan y me paran para preguntarme cómo ando. El recuerdo de ellos me enorgullece”, se emocionó.

 

 

Tras 44 años como profesor, Tulio se jubiló 20 días antes de la pandemia y pudo dedicarse de lleno a su otra pasión, el vóley. Aunque en realidad el primer deporte con el tuvo contacto fue el Atletismo, del que fue campeón cuyano y nacional de lanzamiento, y al que ingresó cuando iba a la escuela primaria impulsado por el recordado profesor Carlos Verdugo. 

 

 

Como Lucero es un animal de la competencia, cuando advirtió que los torneos de atletismo se fueron espaciando buscó otras opciones que encontró rápidamente: un grupo de amigos que iba a Escuela Normal, que por ese entonces era de varones, tenía un equipo de vóley. “Al principio solo los acompañaba, pero después empecé a jugar”.

 

 

Su carrera como jugador fue muy corta, posiblemente solo de un año, porque un día el presidente de la Federación, Benjamín Fuentes, lo impulsó a que hiciera el curso de árbitro y una nueva etapa se abrió en su vida deportiva, pese a que “jamás pensé tener una carrera en el arbitraje”.

 

 

El vértigo lo llevó a perfeccionarse a la vez que los viajes comenzaron a suceder. A Rosario, a Córdoba, a Turquía, a Francia, a México, a Panamericanos –de los que dirigió finales-, a Mundiales, pero en un momento la compatibilidad entre su trabajo docente y el vóley lo obligó a elegir. Y se quedó con la escuela. “No me arrepiento de nada, porque hice muchos amigos en los dos lugares”.

 

 

Pero algo le quedó de aquellos viajes en los que aprovechaba el tiempo libre para ver los entrenamientos de la selecciones argentinas. Fue entonces que Guillermo Orduna, quien era técnico nacional, lo invitó a que hiciera el curso de entrenador, sin saber que en ese momento el germen de la revolución del voley en San Luis se estaba plantando.

 

 

 

Junto con Ricardo Becerra, Tulio le pidió algunas jugadoras a Orduna para que Lafinur jugara la Liga Nacional. “Fuimos campeones tres años consecutivos y logramos armar un muy buen grupo de jugadoras, pero no lo supieron aprovechar”.

 

 

El boom del deporte en la provincia no coincidía con la respuesta de la gente, que no asistía a los estadios pese al primer nivel que demostraba el equipo Cruzado y a que en muchos casos las entradas se regalaban. Pero es una máxima vital en Lucero ver el lado positivo de las cosas y siempre prefiere guardar un buen recuerdo de su paso por el club de calle Bolívar, del que se fue en 1999.

 

 

“Mi intención era descansar un año pero ahí nomás me llamó un dirigente de la Asociación Bancaria y me contó cuál era su idea con ASEBA”. Ahora, con 26 años de Tulio en el voley, el club tiene más de 120 chicos en minivóley y 400 personas en actividad deportiva permanente. Es posible que la razón del éxito haya sido la que le dio el entrenador al dirigente cuando aceptó la propuesta: “Mi proyecto es a cuatro años -lo anticipó- , pero empiezo con el minivoley, no quiero ninguna otra categoría, porque si tenemos la base, llegamos a la calidad”.

 

 

Con tanta vida pasada y tanto por vivir, Tulio tiene la energía para pasar todos los fines de semana de viaje con las chicas que representan al club en distintos lugares del país. Al ser coordinador, dice, su tarea de corrección, evaluación e indicaciones es constante y con la precaución siempre atenta de que “trabajamos con chicos, por lo que hay que cuidar todo, el lenguaje, las formas”.

 

 

Además, tiene que recorrer las otras sedes que ASEBA alquiló para cubrir la demanda de gente que quiere entrenar, como los salones de la escuela San Luis Gonzaga, Puertas del Sol y, próximamente, Santo Tomás de Aquino. Pero Lucero nunca lo toma como una presión o como una obligación, sí como una responsabilidad. O como algo todavía mejor: “El vóley es un pasión, una vocación, una manera de vivir

 

 

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