SAN LUIS - Viernes 11 de Septiembre de 2026

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18 años haciendo patria en escuelas rurales: “No veo otro camino que no sea la Educación”

Rosendo Amaya es un docente con enorme vocación que ha marcado huellas imborrables en el interior profundo de la provincia. En el Día del Maestro, compartió su inspiradora historia de vida.

Por Nicolás Gatica Ceballos
| Hace 12 horas
Rosendo Amaya junto a sus alumnos. Foto: gentileza Rosendo Amaya.

El arrullo de las aves que guían la impenetrable huella. El barro que duele y se pega incorruptible en las jornadas de lluvia. El lomo de un caballo en la humedad. El aroma a pan casero recién horneado. Algún asado compartido en comunidad. Pero, fundamentalmente, la sonrisa que traza un agradecimiento infinito en niños que aprenden y al mismo tiempo transmiten en silencio su sabiduría. Así es como vive Rosendo Amaya (43) sus días dando clases en el campo.

 

 

Rosendo es docente de ley, de alma, de vocación, de humanidad, de amor infinito. Y mientras ejerce su labor, parece que el tiempo se detuviera, o al menos transcurriera en otra sintonía distinta, jamás percatada en los feroces tiempos actuales.

 

 

Horno de barro. Rosendo, en su día a día escolar. Foto: gentileza Rosendo Amaya. 

 

 

A instancias del Día del Maestro, compartió su historia de vida. Una historia que merece ser contada, una historia que representa la de tantos colegas que, a lo largo y ancho de la provincia, dejan todo de sí en pos de algo tan fundamental como sublime: educar.

 

 

Una familia docente, una vocación “con mayúsculas” y un camino en la ruralidad

 

 

Rosendo es oriundo de La Toma. Pero los caminos de la vida lo llevaron a recorrer más los pastizales que el asfalto. Y ese es un regalo invaluable.

 

 

“Mi necesidad de ser docente viene de mi vieja. Ella es docente rural. Uno, sin querer, tiene el espejo de los padres. Y en ese sentido, vi que mi vieja se sentía muy a gusto con la ruralidad. Y así, en mi profesión, es el lugar donde siempre me manejé”, expresó. Detalle que no es menor, su hermano es maestro y su hermana profesora. Una familia atravesada por la educación.

 

 

El Mundial se vivió con todo en el campo. Foto: gentileza Rosendo Amaya. 

 

 

Según especificó, su camino en la docencia comenzó –profesionalmente- hace 18 años. Primero, dio clases en Mesilla del Cura, un paraje muy conocido por su ciclo lectivo “al revés”. Después estuvo en Tala Verde, un lugar agreste cerca de Las Aguadas. Actualmente, se desempeña en la Escuela N° 83 “Marcos Sastre”, en La Totora (no en la zona homónima que se ubica en el Durazno, sino más arriba), un sector agreste.

 

 

“Yo siempre uso una palabra: resiliencia. Las cuestiones climáticas pegan el doble, las cuestiones del tiempo son totalmente distintas. Hay un montón de cosas hermosas, como el respeto que aún se mantiene en la ruralidad, la asistencia de los chicos que es perfecta y hacen un esfuerzo tremendo para ir a la escuela. Ahora hay un transporte, pero asimismo los chicos salen y están llegando 15:30-16 horas, es mucho sacrificio. Y ese chico que vino hoy, mañana viene de vuelta, no falta, y al otro día lo mismo. Entonces, cuando te vas retroalimentando con los alumnos decís ‘bueno, yo también tengo que estar temprano’. Y se hace una construcción colectiva que no se termina más. Está buenísimo”, mencionó.

 

 

Pequeñas grandes patrias, una historia elegida y una “prueba” crucial

 

 

Rosendo reflejó en su testimonio que “hay tantas pequeñas grandes patrias”, que cada escuela en su lugar viene a ser el equivalente a “sucursales de la patria”. En ese sentido, su palabra se tiñó por varios instantes de una suerte de “nudo”, que mostró una garganta atravesada por la emoción.

 

 

Rosendo junto a los peques. Foto: gentileza Rosendo Amaya. 

 

 

Y sucede que todo es muy fuerte. El “ser” maestro no es cualquier cosa. Portar el guardapolvo blanco no es para cualquiera. Hay que tener convicción, estar decidido a dar de sí a los demás. Y su camino no fue casual. Estaba determinado a su destino irrenunciable.

 

 

“La docencia me eligió y yo elegí la docencia. Fue un poco y un poco. Porque yo empecé a estudiar psicología. Pero siempre miraba de reojo a la docencia. Hasta que en un momento lo quise hacer de forma paralela y cuando descubrí la docencia, me quedé con ella. No quise nada más. Me sirvieron mucho esos tres años que hice de psicología”, dijo.

 

 

Rosendo enseña, pero también comparte y esa es la mejor manera de hacer patria. Foto: gentileza Rosendo Amaya. 

 

 

A lo largo de su trayectoria, hubo una prueba que fue la más desafiante de todas. En un tiempo, dio clases en Tilisarao. En ese entonces, luchó contra una enfermedad que lo posicionó en un punto bisagra de su vida. Durante dos años tuvo quimioterapia. La pelea por su salud fue tan tajante que irrumpió con una mirada más profunda del día a día. Disfrutar las cosas simples. Y eso no es casual; lo pudo explotar justamente en el campo.

 

 

“La ruralidad te hace ver ciertas cosas que antes no las veías por la vorágine de andar con los tiempos contados. Entonces, yo amo eso de la ruralidad. Si bien es difícil por las condiciones climáticas, por los caminos, vos pasás ahí cuatro horas con los alumnos con un goce de sabiduría, porque ellos te van enseñando cosas del campo, te cuentan de su familia, tienen una vida bastante adulta a la de los niños de su edad, tienen responsabilidades y las llevan día a día como si nada”, expresó.

 

 

Los alumnos, la gran familia

 

 

Rosendo indicó que uno de los tesoros más grandes de su labor tiene que ver con el cariño de las familias de los alumnos. Ese cariño se manifiesta en el respeto. Un respeto que se siente en las miradas, en los gestos, en el sacarse la boina para decir buen día. Pero también en detalles llenos de amor, como cuando le llevan regalos como huevos o berro, entre otras cosas.

 

 

“Después de andar juntando las cabras, las ovejas, ellos se toman el tiempo de cortarle unos yuyitos al maestro para el mate. Son cosas que te reconfortan tanto que al final uno al trabajo lo disfruta. Siempre pienso que si la gente tuviera que hacer estas tareas por la plata, no lo haría. Esto es vocación, una profunda vocación de amor”, aseguró.

 

 

La música siempre está presente. Foto: gentileza Rosendo Amaya. 

 

 

Actualmente, trabaja bajo la modalidad de “plurigrado”, al igual que en la mayoría de las escuelas rurales. “Uno va adaptando los contenidos de acuerdo a los chicos. A veces, primer ciclo. A veces, segundo ciclo. Siempre contextualizando con la zona. Los problemas matemáticos los orientamos hacia los alambres, al conteo de animales, kilómetros recorridos en los caminos, y esas son cosas que los chicos entienden. Yo doy principalmente matemática y ciencias sociales”, dijo.

 

 

El orgullo de los frutos

 

 

Rosendo, a medida que recordaba anécdotas tratando de encontrar palabras para describir de la mejor manera su cotidianeidad, contó que sus ambientes son de mucho paisaje, mucha tranquilidad, una paz que se abre más al diálogo con los chicos.

 

 

En ese sentido, compartió una anécdota que la contó con una emoción que contagió hasta las lágrimas. En el año 2010, Rosendo concretó el censo junto a un alumno que lo ayudó a censar las zonas de campo adentro.

 

 

La pequeña gran patria que resguarda a los chicos. Foto: gentileza Rosendo Amaya. 

 

 

El alumno, de nombre Ángel (no es casualidad que se llame así), se ofreció a acompañar a Rosendo para que pudiera concretar el censo. En cada casa por la que pasaban, la gente le preguntaba si “todo iba a seguir igual”. Ellos no entendían por qué hacían esa pregunta. Lo cierto es que luego del extenso día de abordaje, se enteraron de la muerte de Néstor Kirchner.

 

 

Un reflejo claro de la ruralidad. Toda una jornada de andanza y una noticia que llegó al final del día, en otro tiempo distinto al de la instantaneidad del mundo.

 

 

Cuando llueve, el barro duele, pero no impide la asistencia perfecta. Foto: gentileza Rosendo Amaya. 

 

 

Ahora bien, el recuerdo se torna emotivo cuando Ángel vuelve a aparecer en escena: “Hace poquito lo encontré en un desfile acá, de agrupaciones gauchas. Lo vi vestido de policía. Él quería ser policía o maestro. No pude contener las lágrimas, y lloré ahí delante de todos. Esas cosas son gratificantes”.

 

 

150 kilómetros de dignidad

 

 

Rosendo contó que diariamente viaja 75 kilómetros para acceder a la escuela, es decir, cada día recorre en total 150 kilómetros. Cuestión para nada menor, porque habla del esfuerzo, de la vocación, que no es para cualquiera.

 

 

“Se sufre, pero no cambiaría por nada la ruralidad. No tengo nada en contra de las escuelas de ciudades, al contrario, también lo valoro y cada cual debe tener su lugar. Pero hablando específicamente de esto, el campo tiene una mística que no cambiaría por nada”, apuntó.

 

 

La alegria de la ruralidad, impagable. Foto: gentileza Rosendo Amaya. 

 

 

La educación no solo se remite a los libros y materias duras. También hay mucha música. Rosendo lleva la música en el alma y comparte con los chicos su talento, y se nutre del talento de sus alumnos en un ida y vuelta hermoso.

 

 

“Llevo mis instrumentos y salen cantantes, bailarines, siempre por el lado del folclore. A los chicos les encanta. Han salido payadores, y participan siempre de los actos con números artísticos”, contó.

 

 

La educación, la esperanza del mundo

 

 

Rosendo, sobre el cierre de la nota, no dejó de reflexionar sobre un día absolutamente introspectivo para los docentes. “En el maestro se han depositado muchas esperanzas por parte de la comunidad que asiste a la escuela, que conoce la escuela, pero está esperanzado desde otros aspectos. En cuanto al reconocimiento, no solo debe ser salarial, sino desde la figura del docente”, compartió.

 

 

Patria y tradición. Foto: gentileza Rosendo Amaya. 

 

 

“Te lo juro. No encuentro otro camino que no sea la educación. No encuentro otro camino. No entra en mí, no hay otra opción. La educación es el cambio, el ‘todo’. No veo otro cambio que no sea por el aula. El cambio puede ser más rápido, más lento, es paulatino. No veo otra alternativa que la educación”, concluyó.

 

 

Al concluir la nota, Rosendo insistió en la importancia de mostrar, no solo su historia, no solo sus pasos, sino los pasos de la ruralidad, allí donde las cámaras no llegan con periodicidad. Tantas historias anónimas que esperan ser oídas. Tantas alegrías, tantos sufrimientos que se quedan en medio de los secretos del monte. Así, más allá de todo entendimiento, más allá de toda ideología, más allá de cualquier omisión de quienes tienen las decisiones en una firma, los chicos del campo siguen escribiendo el devenir de la Argentina, el devenir de la puntanidad y su eco es inmemorial.

 

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