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El mercado le marca límites al Gobierno: sube el riesgo país y crecen las dudas

Los bonos argentinos quedaron bajo presión y el riesgo país escaló en agosto. La intervención sobre el dólar, las tasas y una recuperación desigual vuelven a poner al plan económico bajo la lupa.

Por redacción
| 22 de agosto de 2026

El mercado financiero comenzó a mostrar señales de mayor desconfianza sobre el rumbo de la economía argentina. Después de meses en los que la baja de la inflación y el ordenamiento fiscal funcionaron como principales cartas de presentación del Gobierno de Javier Milei, los inversores empezaron a mirar con mayor atención otras variables: la actividad, las tasas de interés, el dólar y el escenario político que comienza a proyectarse hacia las elecciones de 2027.

 

La señal más visible apareció en los bonos soberanos y en el riesgo país. Durante agosto, el indicador llegó a superar los 530 puntos básicos y acumuló una suba superior al 20%, en medio de una caída de los títulos argentinos que se diferenció incluso del comportamiento de otros mercados emergentes. 

 

El deterioro no responde a una única causa. El contexto internacional se volvió más complicado por el aumento de las tasas de largo plazo en Estados Unidos, donde las preocupaciones por el déficit fiscal, el volumen de deuda y las necesidades de financiamiento comenzaron a presionar sobre los bonos del Tesoro. Ese movimiento golpea especialmente a economías emergentes y aumenta el costo del financiamiento. 

 

Pero el escenario externo explica solamente una parte.

 

En el mercado también comenzaron a aparecer interrogantes específicamente argentinos. Uno de ellos es hasta qué punto el Gobierno está dispuesto a tensionar las tasas de interés y la liquidez para evitar movimientos bruscos del dólar.

 

La intervención oficial para contener el mercado cambiario consiguió mantener al dólar relativamente controlado, pero tuvo como contrapartida una mayor volatilidad de las tasas. El problema es que tasas elevadas durante demasiado tiempo pueden convertirse en otro freno para una economía que todavía muestra una recuperación desigual.

 

Y allí aparece el segundo foco de preocupación.

 

Una economía que recupera, pero no para todos

Los indicadores económicos comenzaron a mostrar una fotografía contradictoria.

 

Por un lado, existen números que el Gobierno exhibe como señales positivas. La actividad económica registró una mejora del 0,8% en junio y la balanza comercial dejó en julio un superávit de unos US$2.115 millones. 

 

Pero detrás de esos números aparece una recuperación que no alcanza de la misma manera a todos los sectores.

 

Mientras algunas actividades vinculadas con las exportaciones, la energía y determinados servicios muestran mejores resultados, los sectores más vinculados al consumo interno y al empleo continúan enfrentando dificultades.

 

La situación también comienza a sentirse en los hogares. La morosidad en los créditos personales creció con fuerza, en un contexto atravesado por ingresos ajustados y tasas elevadas. 

 

El consumo, justamente, se convirtió en una de las variables que más observa el mercado.

 

La pregunta dejó de ser solamente cuánto puede bajar la inflación. Ahora también empieza a discutirse cuánto tiempo puede sostenerse el esquema económico sin una recuperación más contundente del poder adquisitivo, el consumo y la actividad.

 

El dólar, nuevamente en el centro

En ese escenario, el dólar volvió a ocupar un lugar central.

 

El Gobierno intenta evitar que una aceleración cambiaria termine trasladándose nuevamente a los precios y complique uno de sus principales activos políticos: la desaceleración inflacionaria.

 

Para conseguirlo, el Banco Central y el Tesoro vienen utilizando distintas herramientas sobre el mercado cambiario y monetario.

 

El inconveniente es el costo que puede tener esa estrategia sobre las tasas y el crédito.

 

El dilema es conocido: contener el dólar ayuda a mantener bajo control las expectativas inflacionarias, pero hacerlo mediante condiciones monetarias demasiado restrictivas puede enfriar todavía más la actividad.

 

Ese equilibrio será cada vez más delicado a medida que se acerque 2027.

 

Caputo busca crédito para encender la economía

Frente a ese panorama, el equipo económico comenzó a buscar mecanismos que permitan impulsar la actividad sin abandonar el objetivo de estabilidad nominal.

 

El ministro de Economía, Luis Caputo, anunció una flexibilización para ampliar los créditos en dólares destinados a empresas. El objetivo es aumentar el financiamiento disponible para el sector privado, aunque manteniendo límites prudenciales para evitar mayores riesgos.

 

También apareció sobre la mesa la posibilidad de generar instrumentos de fondeo de largo plazo que permitan fortalecer el crédito hipotecario.

 

La apuesta oficial es que el crédito funcione como uno de los motores capaces de empujar la economía sin recurrir a una expansión monetaria que pueda poner nuevamente presión sobre la inflación y el dólar.

 

Pero el mercado parece pedir algo más.

 

De la inflación a la actividad

Durante buena parte de la gestión de Milei, los inversores concentraron su atención en tres variables: equilibrio fiscal, inflación y reservas.

 

Ahora el tablero comienza a ampliarse.

 

La capacidad del Gobierno para sostener el nivel de actividad, recuperar el consumo y evitar un deterioro de su respaldo político también empieza a formar parte de las decisiones financieras.

 

Ese cambio explica por qué los bonos argentinos sufrieron más que otros activos comparables durante las últimas semanas.

 

El viernes hubo algo de alivio: los títulos argentinos recuperaron terreno y el riesgo país retrocedió, en una jornada en la que también mejoraron otros activos locales.

 

Sin embargo, una rueda positiva no alcanza para borrar las señales acumuladas durante agosto.

 

El mercado parece haber elevado la vara.

 

Ya no alcanza únicamente con mostrar inflación descendente y disciplina fiscal. Los inversores también quieren señales de crecimiento sostenible, estabilidad cambiaria sin tasas prohibitivas y una economía capaz de trasladar la mejora de los indicadores financieros hacia la calle.

 

Y esa puede convertirse en la próxima gran prueba para el Gobierno: demostrar que el orden de las variables macroeconómicas puede transformarse finalmente en una recuperación que llegue al consumo, al empleo y al bolsillo.

 

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