China se queda sin palabras
El país que inventó la imprenta no está eliminando las humanidades. Las está forzando a mutar. La pregunta es si algo se pierde en esa reconversión que no se puede recuperar después. Y mientras tanto, nosotros ni siquiera llegamos a plantearnos la pregunta. Por Alicia Bañuelos
Hay una versión simplificada de esta historia que circula con comodidad en foros educativos occidentales: China está demoliendo sus humanidades universitarias para construir una fábrica de ingenieros, y en el camino está destruyendo las mismas capacidades que sus inteligencias artificiales necesitan para funcionar bien. Es una historia ordenada, con moraleja incorporada, y tiene un solo problema: es incompleta.
La realidad es más astuta, como suele ser cuando se trata de China.
Los números, en principio, parecen dar la razón a la versión catastrofista. Solo en 2024, las universidades chinas eliminaron 1.428 carreras de grado —veinticinco veces más que las 57 eliminadas una década antes. Entre las más afectadas: traducción, idiomas extranjeros, periodismo, literatura dramática, animación, fotografía, música, escultura. El Ministerio de Educación —que en el sistema universitario estatal chino no necesita convencer a ningún consejo académico— explicó que la reforma busca alinear la educación con el mercado laboral y la competencia tecnológica internacional. Entre 2018 y 2022, 109 universidades descontinuaron 28 disciplinas de idiomas extranjeros. Las más afectadas: japonés, inglés y coreano. La justificación oficial es impecable en su frialdad: las herramientas de traducción automática ya alcanzan una precisión superior al 95% a un costo equivalente al 1% del servicio humano.
Pero leer solo esa mitad del balance es un error.
En abril de 2025, el mismo Ministerio de Educación que cierra carreras publicó directrices nacionales de reforma "IA+ educación", orientadas a cultivar pensamiento crítico, fluidez digital y habilidades interdisciplinarias en todos los niveles. El rector de la Universidad Renmin declaró públicamente que la IA es "una oportunidad sin precedentes para las humanidades y las ciencias sociales". La Universidad de Pekín —que no eliminó humanidades— tiene un Centro de Investigación en Humanidades Digitales activo y organizó en julio de 2025 una conferencia internacional sobre el uso de IA en los clásicos de Asia Oriental. El modelo que China está implementando tiene nombre propio: AI+X, que integra conocimiento técnico con perspectivas interdisciplinarias en lugar de separarlos.
Lo que China está cerrando, entonces, no son las humanidades en general. Está cerrando las humanidades desconectadas de la IA y del mercado laboral. Un programa de traducción puro, sin integración tecnológica, se cierra. Un programa de lingüística computacional o filología digital se abre. La distinción es crucial.
Y sin embargo, la incomodidad no desaparece del todo con esta aclaración.
Quedan preguntas que el modelo AI+X no responde fácilmente. El chino clásico —dos milenios y medio de producción intelectual que van de Confucio a la dinastía Qing— sigue siendo un desafío severo para todos los modelos existentes. El mandarín tiene menos de 1.200 combinaciones de sílaba y tono para representar decenas de miles de caracteres, una densidad de homofonía sin equivalente en las grandes lenguas occidentales que genera ambigüedades estructurales que los modelos actuales no resuelven bien. ¿Puede un filólogo reconvertido en ingeniero de datos construir los corpus de entrenamiento que se necesitan? Quizás. Pero también es posible que la reconversión forzada produzca personas que saben usar herramientas de IA sobre textos clásicos sin entender del todo qué están procesando.
Hay además una pregunta más difícil: existe algo en la formación humanística pura —la lectura lenta, la tolerancia a la ambigüedad, la capacidad de sostener interpretaciones contradictorias sin colapsar hacia una sola respuesta— que puede perderse cuando esa formación se subordina desde el principio a criterios de utilidad tecnológica. No es nostalgia: es una hipótesis empírica sobre qué tipo de pensamiento se cultiva según el ambiente intelectual en que uno se forma.
La paradoja tiene además una dimensión geopolítica que opera en dirección exactamente opuesta a la china.
Mientras Beijing reconvierte sus humanidades con una estrategia deliberada, Occidente las abandona por razones más torpes.
Los Institutos Confucio —centros de lengua y cultura financiados parcialmente por Beijing que en su apogeo llegaron a funcionar en más de 500 universidades en 160 países— comenzaron a cerrar masivamente desde 2018. El mecanismo fue legislativo: la Ley de Autorización de Defensa Nacional de 2019 prohibió al Departamento de Defensa estadounidense financiar programas de lengua china en universidades que los alojan; la NDAA de 2021 bloqueó cualquier financiamiento a esas instituciones; en mayo de 2025, la Cámara de Representantes aprobó con 266 votos contra 153 una ley que extendió las restricciones al Departamento de Seguridad Interior.
El argumento oficial era la seguridad nacional. El detalle incómodo es que el comité científico encargado de evaluar los riesgos declaró en 2023 que no tenía conocimiento de ninguna evidencia pública de espionaje o robo de propiedad intelectual. Las restricciones se impusieron sobre sospechas. Y el resultado práctico fue que decenas de universidades perdieron su única fuente de docentes de mandarín asequibles.
Los cierres, además, siguieron el mapa de la tensión geopolítica con precisión cartográfica: se concentraron en América del Norte, Europa y Australia. En América del Sur, África y Medio Oriente, los Institutos Confucio no solo no cerraron sino que siguieron abriendo. Un lado tiene un plan —discutible, pero un plan. El otro tiene un reflejo.
Y entonces llegamos a nosotros.
El debate chino sobre humanidades e IA ocurre en un país donde en 2025 superó a Estados Unidos en investigadores de inteligencia artificial de élite, donde dos quintas partes de sus universitarios estudian ciencias, tecnología, ingeniería o matemáticas, y donde el Estado tiene la capacidad institucional de implementar reformas educativas a escala nacional en plazos que ninguna democracia podría replicar. Su pregunta es sofisticada: ¿qué tipo de humanista forma mejor a una IA?
Nuestra pregunta, en Argentina, es anterior. Y más urgente.
Según las pruebas Aprender 2024 —aplicadas a 91.042 estudiantes de tercer grado en todo el país—, apenas el 45% de los chicos alcanza los niveles esperados de lectura al finalizar el primer ciclo de la escuela primaria. Tres de cada diez están significativamente rezagados. Uno de cada diez no sabe leer. En los sectores más vulnerables, esa proporción sube a uno de cada cinco. Y en sexto grado, el 33,6% de los estudiantes se encuentra por debajo del nivel satisfactorio en lengua.
Un estudiante que llega a los quince años sin poder leer fluidamente no está en condiciones de interpelar a una máquina sofisticada. Está en condiciones de obedecerla. No puede formular una pregunta precisa, no puede evaluar una respuesta, no puede distinguir cuándo el modelo le está siendo útil y cuándo simplemente le está devolviendo lo que esperaba escuchar. La inteligencia artificial amplifica lo que ya existe: si hay vocabulario y pensamiento crítico, los amplifica. Si hay vacío, también.
China está debatiendo si sus humanistas deben reconvertirse para construir mejores IAs. Nosotros todavía estamos discutiendo si nuestros chicos de tercer grado saben leer. No es el mismo debate. Ni siquiera es del mismo siglo.
Lo que queda, entonces, no es la historia simple de China destruyendo lo que necesita. Es algo más incómodo: una apuesta de alto riesgo sobre qué tipo de formación humanística sobrevive en la era de la IA, hecha por un Estado que puede forzarla. Si la apuesta es correcta, habrá producido filólogos que construyen mejores modelos de lenguaje. Si es incorrecta, habrá producido ingenieros que creen entender a Confucio porque sus herramientas lo procesan.
Nosotros, mientras tanto, seguimos sin resolver la pregunta anterior: si nuestros estudiantes entienden lo que leen. Sin eso, el debate sobre IA y humanidades es un lujo que no nos podemos permitir todavía. Y el tiempo, a diferencia de los chips, no se fabrica ni se negocia.
Confucio sigue sin ser consultado. Aunque ahora al menos hay un modelo de lenguaje que puede citar sus Analectas -el registro de dos milenios y medio de sabiduría clásica-. Si las entiende o no, es exactamente la pregunta que China se está haciendo. Nosotros todavía no llegamos a formularla.
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