Prisioneros de un rancio abolengo
La obra de Diego Capusotto se vale de un lenguaje antiguo e igualmente gracioso para generar una comedia muy divertida, grotesca, sobre una familia que intenta ocultar su decadencia.
Palabra en desuso, “Tirria” es un término coloquial, del español antiguo, que titula una obra de teatro que visitó San Luis el domingo y que está hablada en ese florido estilo, a la usanza en los años 30, la época en la que está situada la comedia. Es además, una pieza muy divertida, negra pero de teléfono blanco, que cuenta la caída en desgracia de una familia de la aristocracia argentina que tiene que blindar su ilustre apellido de la miseria inevitable.
Finalmente, la obra es un trabajo en donde Diego Capusotto se luce en un papel en el que -raro en él- tiene que respetar un guion; Rafael Spregelburd lleva la trama con exuberante maestría; Graciela Stefani aporta sus destellos y Daniel Berbedes sorprende como un militar que tiene que mantener, como el resto de su familia, su obsoleta jerarquía ante instituciones como el Círculo Naval, la Sociedad Rural, un centro de lectores o el Rotary Club.
Todo eso conforma una historia que -sumados a las personalidades de Juano Arana y Eva Capusotto- hace del grotesco un canto al humor sobre la normalidad de una familia argentina, de derecha, antiperonista, en algún momento culta, pero que está dispuesta a “comer del Estado” para sobrevivir. “Justo ahora”, se burla el personaje de Stefani, al público, en un salto temporal de casi un siglo.
Los personajes de Rafael y Graciela son el matrimonio que a falta de carne -figurativamente- se conforma con cenar arroz con leche todas las noches; y Arano y Eva son sus hijos, que navegan entre la ingenuidad, algunos secretos, la permisividad de su madre y el maltrato de su padre. En el medio de esa familia disfuncional está Hilario, el mayordomo encarnado por Capusotto, última prueba del esplendor de los Sobrado Alvear, el apellido (doble, obvio) de la familia.
Las actuaciones, la trama, la escenografía y la dramaturgia suceden en “Tirria” en función del lenguaje, riquísimo, cuyo mayor mérito es no caer en eufemismos. Cuando el personaje de Spregelburd descubre que su hijo es gay, le dice “desviado” y el “rancio abolengo” es una característica que sobrevuela la obra.
Para completar ese aire graciosamente intelectual, la pieza tiene guiños a Victoria Ocampo -amiga de los Sobrado Alvear-, a Gustavo Adolfo Bequer, a Rubén Darío; y a la historia argentina con las menciones a la mazorca y a Pedro Eugenio Aramburu: “Es un muchacho que promete”, sostiene el general en un momento.
Los malabares que hace Hilario para mantener la miseria, las miserias y las mentiras de sus patrones en el recóndito arcón de lo oculto son uno de los sostenes humorísticos de una pieza que permite que Diego se salga del libreto cuando se le da la gana y que el impertérrito servidor se convierta, de repente, en cualquiera de los personajes de Peter Capusotto.
Pero la frase que encierra todo lo que “Tirria” es la dice, otra vez, Stefani cuando escucha una perorata extensa de su esposo y le embate: “Estás adjetivando demasiado, un vicio de pobres”.
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