Familia y escuela: una alianza necesaria
Cada vez más nenes y nenas llegan a las escuelas con la necesidad de diferentes modos de acompañamiento. En ese punto, la relación entre el establecimiento y la familia es indispensable. Por Gabriela Bonisconti, Lic. en Orientación Familiar
La relación entre la familia y la escuela atraviesa hoy desafíos cada vez más complejos. Las instituciones educativas no solo enseñan contenidos: también acompañan situaciones emocionales, sociales y vinculares que muchas veces exceden lo pedagógico. En ese contexto, el trabajo conjunto con las familias resulta fundamental.
En los últimos años se hicieron más visibles situaciones vinculadas a distintas neurodivergencias y condiciones del desarrollo, como TEA, TDAH, dislexia, trastornos del lenguaje, dificultades emocionales o de aprendizaje. Cada vez más niños y adolescentes llegan a las escuelas necesitando modos diferentes de acompañamiento, comprensión y enseñanza. Y allí aparecen dos realidades muy distintas, aunque muchas veces se las confunda.
Por un lado, están las familias que niegan un diagnóstico sugerido por profesionales. Detrás de esa reacción suele haber miedo, angustia o la dificultad de aceptar que un hijo necesitará apoyos diferentes. Nadie está preparado para escuchar ciertas palabras de un día para otro. Pero cuando la negación se prolonga, el riesgo es dejar al niño sin las herramientas que podrían ayudarlo.
Por otro lado, existen familias que sí aceptan el diagnóstico, pero deciden ocultarlo a la escuela. En muchos casos no lo hacen desde la indiferencia, sino desde el temor: temor a que su hijo sea etiquetado, discriminado o tratado de manera diferente. Muchas familias llegan golpeadas por experiencias previas y sienten que proteger la información es una forma de proteger a sus hijos.
Sin embargo, cuando la escuela desconoce estas situaciones, se vuelve mucho más difícil acompañar adecuadamente. La institución no necesita etiquetas para incluir, pero sí información para comprender ciertas conductas y generar estrategias acordes. Lo que a veces se interpreta como desinterés, rebeldía o mala conducta puede ser, en realidad, una forma distinta de procesar el mundo.
Al mismo tiempo, crece la expectativa de que la escuela resuelva todo: límites, conflictos, problemas emocionales y situaciones sociales complejas. Pero educar sigue siendo una responsabilidad compartida. Ni la familia puede delegar completamente su rol, ni la escuela puede reemplazarla.
También es cierto que las instituciones tienen desafíos pendientes: falta de recursos, escasa formación en inclusión y prácticas que a veces generan distancia con las familias. Por eso, más que buscar culpables, el desafío es construir vínculos de confianza.
Cuando familia y escuela trabajan juntas, con diálogo y objetivos comunes, las posibilidades de acompañar verdaderamente a niños y adolescentes son mucho mayores. Porque detrás de cada dificultad hay una persona en desarrollo que necesita adultos capaces de construir puentes.
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