El gigante con pies de barro y el cerebro de silicio: la paradoja tecnológica de 2026
Un análisis (con un poco de ironía) sobre la fragilidad financiera de las Big Tech, la crisis del software y la promesa casi mística de la IA. Por Alicia Bañuelos
Si hoy uno se pasea por los pasillos digitales de Silicon Valley —o simplemente abre Twitter/X/LinkedIn a las 8 de la mañana— el ruido es ensordecedor. Trompetas, fuegos artificiales y titulares grandilocuentes anuncian la llegada de la Inteligencia Artificial como si estuviéramos presenciando el segundo advenimiento… pero con unidades de procesamiento gráfico (GPU).
Vemos a Sam Altman y Elon Musk compitiendo por quién tiene el futuro más grande, a NVIDIA vendiendo chips como si fueran lingotes de oro y a gurús varios prometiendo que el trabajo, tal como lo conocemos, desaparecerá antes de que termine la década (preferentemente después de su próxima charla TED).
Ahora bien, si bajamos un poco el volumen de esta fiesta futurista y miramos con calma los libros contables, la escena cambia. Mucho. Detrás del neón y los discursos épicos aparece una realidad bastante menos glamorosa y, francamente, un poco peligrosa: existe una grieta enorme entre la narrativa de ciencia ficción que se vende al público y la economía real que sostiene todo este circo tecnológico.
Para entender qué está pasando en este febrero de 2026, conviene contar tres historias que ocurren al mismo tiempo pero rara vez se explican juntas: el verdadero modelo de negocio de las Big Tech, la rebelión silenciosa contra el software “alquilado” y la fe casi religiosa en que la IA es la única capaz de salvarnos del colapso demográfico.
I. La realidad financiera: no son tecnológicas, son vallas publicitarias
La imagen pública —cuidadosamente cultivada— nos dice que Google “organiza la información del mundo” y que Meta “conecta personas” mientras explora universos virtuales con avatares sin piernas. La realidad financiera, sin embargo, es mucho más simple y bastante menos poética: estas empresas viven de vender publicidad. Mucha publicidad.
A pesar de las inversiones multimillonarias en metaversos, centros de datos para IA generativa y proyectos que suenan a ciencia ficción dura, el dinero que paga la luz, los sueldos astronómicos y las oficinas con café gratis viene de algo muy terrenal: anuncios.
Los números no dejan lugar a dudas. Meta obtiene cerca del 98 % de sus ingresos de la publicidad. Alphabet sigue dependiendo en torno al 80 % de los anuncios para sostener su imperio. Incluso Amazon —el rey del “te lo entregamos mañana”— descubrió que vender anuncios es casi tan rentable como vender cosas, facturando alrededor de 70 mil millones de dólares en publicidad en 2025.
El problema de la discrecionalidad
¿Por qué esto es un problema ahora? Porque la publicidad es el gasto más frágil de toda la economía. Cuando se avecina una recesión, las empresas no empiezan despidiendo a todos ni cerrando fábricas: primero apagan el marketing. Siempre.
Históricamente, el gasto publicitario cae más rápido y con más fuerza que el PIB. Y ahí está la trampa: si en 2026 la economía global se enfría —y hay varias señales de que el aire acondicionado ya está encendido— el flujo de dinero que hoy financia la revolución de la IA puede cortarse de golpe.
Da igual cuán brillante sea tu modelo de lenguaje: si tu negocio depende de que la gente compre zapatillas, autos o seguros haciendo clic en un banner, y la gente deja de comprar, el castillo empieza a temblar. La famosa “burbuja de la IA” no es el único riesgo; el verdadero miedo es que el andamio publicitario se venga abajo por una recesión bastante clásica y nada futurista.
Mientras las Big Tech miran nerviosas los indicadores macroeconómicos, otro pilar del mundo digital está crujiendo: el modelo del Software como Servicio (SaaS).
Durante años, las empresas se acostumbraron a alquilar su tecnología. CRM, recursos humanos, contabilidad, todo venía en forma de suscripción mensual y contrato eterno. Salesforce, Workday, SAP y compañía parecían inexpugnables. Hasta ahora.
En los primeros meses de 2026, sus acciones empezaron a caer con una sincronía inquietante. ¿La razón? La IA hizo algo inesperado: volvió barato y accesible crear software.
Vibe Coding y el fin de la escasez
Con asistentes de programación cada vez más potentes, aparece el llamado Vibe Coding: programar más por intención que por sintaxis. Equipos pequeños empiezan a preguntarse algo incómodo para los vendedores de SaaS: “¿Y si lo hacemos nosotros?”
Si un grupo reducido puede construir una herramienta a medida, liviana y específica, ¿por qué pagar millones por un software genérico, pesado y lleno de botones que nadie usa?
Estamos pasando de un mundo de software escaso a uno de software abundante. Y eso es una pésima noticia para quienes viven de alquilar siempre lo mismo. O se reinventan integrando IA de verdad, o verán cómo sus clientes se vuelven inesperadamente autosuficientes.
III. La visión de Andreessen: la IA como piedra filosofal
Con este panorama, la pregunta es obvia: ¿por qué sigue reinando el optimismo? Aquí entra la mirada de largo plazo, encarnada por figuras como Marc Andreessen.
Para él, la IA es la piedra filosofal moderna: no convierte plomo en oro, pero convierte arena (silicio) en pensamiento. Nada mal.
La IA y la bomba demográfica
Lejos del discurso apocalíptico sobre robots quitando empleos, Andreessen plantea lo contrario: el problema no será la falta de trabajo, sino la falta de personas.
Las sociedades envejecen, nacen menos niños y alguien tiene que mantener todo funcionando. En ese contexto, la IA no es un lujo ni una comodidad: es una herramienta de supervivencia para sostener la productividad con menos manos disponibles.
El duelo mexicano de las profesiones
En el plano individual, el impacto es brutal. Ingenieros, diseñadores y product managers ya no juegan en canchas separadas. La IA borra las líneas:
- El ingeniero diseña.
- El diseñador programa.
- El product manager prototipa todo.
El resultado no es desempleo masivo, sino el surgimiento del profesional “super‑empoderado”: alguien con un núcleo fuerte y la IA como exoesqueleto cognitivo.
Conclusión: caminando por la cuerda floja
A corto plazo, la foto es incómoda: gigantes tecnológicos con pies de barro, sostenidos por un modelo publicitario frágil y un software tradicional en retirada. A largo plazo, la promesa es casi milagrosa: convertir silicio en productividad suficiente para sostener sociedades enteras.
Para el ciudadano común, la lección es simple: no se deje deslumbrar por las luces de neón de la IA, pero tampoco la ignore. El cambio no vendrá porque un robot le quite su trabajo, sino porque su compañero de escritorio empiece a usar IA y haga el trabajo de tres.
Y mientras todo esto sucede, conviene no olvidar un pequeño detalle: cada vez que usa una red social “gratuita” o le pregunta algo a un chatbot, está ayudando a financiar —de forma bastante precaria— el futuro de la humanidad.
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