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Envejecimiento normal y anómalo: claves para distinguirlos y no entrar en pánico

Olvidarse dónde dejamos algo es parte de la vida; olvidar para qué sirve, ya es otra cosa. Cuidados del cerebro y qué hacer cuando encontramos las llaves adentro de la heladera. Por Cristina Chiesa, especialista en Neuropsicología. 

Por Cristina Chiesa
| Hace 2 horas

Todos conocemos la escena: entramos a la cocina con determinación y, una vez adentro, no tenemos idea de a qué fuimos. Otra clásica: la palabra que "la tengo en la punta de la lengua", que casi nunca se queda ahí, sino que se muda a otro barrio y vuelve a las 10 de la noche, cuando ya no la necesitamos.

 

 

Pasados los cuarenta, y más todavía después de los sesenta, estos episodios generan una pregunta incómoda: ¿esto es normal o es el principio de algo? Como neuropsicóloga, es la consulta que más escucho. La respuesta corta es que, en la mayoría de los casos, la preocupación es mayor que el problema. La respuesta larga es la que sigue.

 

 

Primera clave: envejecer no es enfermar

El envejecimiento es un proceso que empieza en la etapa embrionaria y nos acompaña toda la vida. Es progresivo, universal y, por ahora, irreversible. Con los años el cerebro cambia: disminuye algo su volumen, sobre todo en las regiones frontales y temporales, baja el flujo sanguíneo y varían los neurotransmisores. Como compensación, las conexiones entre las neuronas que quedan se vuelven más numerosas. El cerebro, como buen argentino, se las rebusca.

 

 

¿Qué se nota en la vida diaria? Un procesamiento más lento, cierta dificultad para hacer varias cosas a la vez, más esfuerzo para recordar nombres propios y para evocar palabras, y menor agilidad para planificar y resolver problemas nuevos. Lo que se mantiene firme es lo aprendido a lo largo de la vida, como el vocabulario, la experiencia y los oficios que sabemos hacer "con los ojos cerrados".

 

 

La diferencia está en el resultado: en el envejecimiento normal la persona sigue siendo autónoma. Se adapta, se organiza, compensa con una agenda, una alarma o el cartelito en la puerta, y sigue manejando su vida.

 

 

Segunda clave: la autonomía es el termómetro

Cuando el deterioro es mayor al esperable para la edad y la formación de la persona, hablamos de envejecimiento patológico. Hoy los manuales diagnósticos ya no usan solo la palabra "demencia" y distinguen dos niveles:

 

 

  • Trastorno neurocognitivo menor (lo que se conocía como deterioro cognitivo leve): hay fallas en alguna función, como la memoria, el lenguaje o la atención, pero la persona sigue manejando su vida cotidiana, sus finanzas y su medicación.
  • Trastorno neurocognitivo mayor (la antigua demencia): las fallas son más intensas, comprometen más de un área e interfieren con la independencia.
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Un dato que resulta tranquilizador, es que tener un deterioro leve no significa que vaya a evolucionar a demencia. Y otro que conviene repetir: la demencia no es una consecuencia inevitable de envejecer.

 

 

Tercera clave: señales para consultar

Una cosa es olvidar dónde dejamos las llaves, y otra es encontrarlas en la heladera y no saber para qué sirven. Conviene pedir una evaluación cuando aparecen:

 

Olvidos frecuentes de hechos recientes que se repiten y no se compensan.

 

Preguntar lo mismo varias veces en poco tiempo.

 

Dificultades nuevas para manejar dinero, tomar los medicamentos o seguir una receta que se hacía de memoria.

 

Desorientación en lugares conocidos.

 

Cambios marcados de personalidad, de humor o de juicio.

 

Problemas persistentes para encontrar palabras o seguir una conversación.

 

 

Lo que llama la atención es el cambio respecto de cómo era la persona, sobre todo cuando afecta lo cotidiano. Y una aclaración importante: no todo lo que parece demencia lo es. La depresión, los trastornos del sueño, algunos medicamentos (como las benzodiacepinas y los anticolinérgicos) y el déficit de vitamina B12 pueden simular un deterioro, y varios son tratables. Por eso la evaluación debe ser integral, además de la evaluación neuropsicológica.

 

 

Cuarta clave: el cerebro también se cuida (y no solo con sudokus)

Acá hay buenas noticias, con respaldo reciente. La Comisión de Demencia de The Lancet (2024) identificó 14 factores de riesgo modificables y estimó que se podría prevenir hasta el 45% de las demencias futuras si se eliminaran todos. Entre ellos figuran la hipertensión, la diabetes, el sedentarismo, el tabaquismo, el exceso de alcohol, la depresión, el aislamiento social, la pérdida de audición y, como novedad, la pérdida de visión y el colesterol LDL alto. Es una cifra teórica, que supone que esos factores son causales y que podrían eliminarse por completo, pero el mensaje es claro: tenemos mucho más margen de acción del que creíamos. Ir a la audiometría y al oftalmólogo, vale aclararlo, también es cuidar el cerebro.

 

 

Un ensayo clínico publicado en 2025, el estudio U.S. POINTER, lo confirma. Siguió durante dos años a 2.111 adultos mayores en riesgo de declive cognitivo y mostró que un programa que combinaba actividad física, alimentación, estimulación cognitiva y social y control de la salud mejoró la cognición, con mayores beneficios en el grupo con más estructura y acompañamiento. Las diferencias fueron modestas, pero estadísticamente significativas, y es un dato valioso: hacerlo en grupo y con apoyo funciona mejor que hacerlo solo.

 

 

Esto coincide con lo que la neuropsicología sostiene hace tiempo con el concepto de reserva cognitiva: la educación, el trabajo intelectualmente activo, los hobbies, la vida social y el aprendizaje continuo funcionan como un "fondo de ahorro" cerebral. Quien lo tiene puede soportar más cambios antes de que aparezcan síntomas.

 

 

En criollo: caminar, comer saludable, dormir las horas necesarias, controlar la presión, escuchar y ver bien, aprender cosas nuevas y juntarse con gente. Compartir unos mates con amigos cuenta como estimulación social. Responder el audio de cuatro minutos del grupo familiar de WhatsApp, como entrenamiento de atención sostenida, también cuenta; el control inhibitorio se pone a prueba cuando uno se pone a escribir una respuesta y resiste la tentación de contestar con un "👍".

 

 

Quinta clave: primero evaluar, después estimular

Los talleres de estimulación cognitiva son una herramienta valiosa: ayudan a mantener funciones, mejoran el ánimo y fortalecen los vínculos. Pero tienen una limitación que conviene conocer. Si el taller ofrece las mismas actividades a todos y nadie evaluó previamente a cada participante, existe el riesgo de que un deterioro incipiente pase inadvertido, tapado por la actividad. Lo ideal es que cada persona tenga su perfil neuropsicológico al ingresar y que las actividades se ajusten a lo que necesita. Esa fue, justamente, una de las conclusiones de mi trabajo de especialización.

 

 

Los avances en diagnóstico también son alentadores. En 2025 la FDA de Estados Unidos autorizó el primer análisis de sangre para ayudar a diagnosticar Alzheimer, pensado para mayores de 55 años que ya presentan síntomas. Es un avance importante, pero no es un estudio para "chequearse" sin síntomas, y tiene riesgo de falsos positivos y falsos negativos, por lo que siempre debe interpretarse junto con la evaluación clínica.

 

 

¿Por qué importa tanto?

En América Latina la población mayor era el 15,7% del total en 2020 y se estima que llegará al 22% hacia 2050. A nivel mundial se calcula que las demencias afectan a unos 57 millones de personas y podrían llegar a 153 millones en 2050. Detectar a tiempo, intervenir con evidencia y acompañar a las familias debería ser una cuestión de salud pública.

 

 

Envejecer bien no depende de la suerte: depende, en buena parte, de lo que hagamos hoy. Si las llaves aparecen en la heladera, y si además aparecen cambios que afectan su vida diaria, consulte sin demora. En ambos casos, vale la pena hacerlo con un especialista.

 

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