Ram Altman y la fotocopia de la fotocopia
Sam Altman dice que usamos poco nuestra RAM, después de quedarse con casi toda. Mientras tanto, la IA se come su propia cola, y los únicos que escriben con colas largas somos nosotros.Por Alicia Bañuelos
Hay frases que un CEO dice entre cervezas y frases que dice entre cervezas frente a un micrófono. Sam Altman, en el podcast Cheeky Pint, explicó que es terrible que cada persona tenga en su computadora un pedazo de la escasa memoria DRAM del mundo para usarlo apenas el 5% del tiempo. Traducido: la RAM es demasiado valiosa para dejarla en manos de la gente. La gente, esa molestia que además pagó por ella.
El argumento tiene su elegancia. Con ese criterio, el auto particular, estacionado casi todo el día, es un escándalo. El paraguas, una obscenidad. Y mi cama, ocupada un tercio del tiempo, directamente un latifundio. Habría que centralizar los colchones en un centro de datos y alquilarlos por hora, con plan premium para quien quiera almohada.
Lo mejor es la autoridad moral de quien lo dice. Según se informó, OpenAI cerró acuerdos por cerca del 40% de la capacidad mundial de DRAM, y SK Hynix acaba de avisar que la demanda va a superar a la oferta hasta 2030. Es como si el que compró todo el pan de la panadería se indignara porque hay gente con pan en la heladera. No usan el pan, dice. Lo tienen ahí, parado.
La reacción fue inmediata. Elon Musk, que no se destaca como defensor del consumidor, dijo que la gente merece tener su propia RAM. Cuando Musk queda del lado del vecino, algo se rompió en el universo. Altman se rebautizó "Ram Altman" en X durante unas horas, y hay que reconocerlo, fue lo más cerca de la autocrítica que lo vamos a ver. Después vino la marcha atrás: la frase estaba sacada de contexto, él en realidad quiere que todos instalen toda la memoria que quieran, y la culpa de que falte es de los fabricantes. O sea, cambió de bando, que en esta industria es lo mismo que cambiar de chivo expiatorio. Lástima que los podcasts, a diferencia de los discursos de campaña, vienen con archivo.
Un detalle que no puede quedar afuera: en la misma charla contó que un modelo interno de OpenAI se llamó "Hold My Beer". Sostenme la cerveza. Como doctrina industrial para una tecnología que se come buena parte de la memoria del planeta, es de una honestidad conmovedora.
Ahora viene la parte donde la comedia se pone interesante. Mientras estos señores acaparan la memoria, la otra materia prima se les está pudriendo en la mano. Hace un tiempo, investigadores de Oxford, Cambridge y otras universidades publicaron en Nature un trabajo con un título que es una sentencia: los modelos colapsan cuando se entrenan con datos generados recursivamente. La mecánica es simple y cruel. Si un modelo aprende de lo que escribió otro modelo, y ese de lo que escribió otro, lo primero que se pierde son las colas de la distribución, es decir, lo raro, lo extraño, lo singular, lo que hace que un texto parezca escrito por una persona y no por un promedio. Generación tras generación el gráfico se afila hacia el centro, hasta que todo converge a una media insípida. Una fotocopia de una fotocopia de una fotocopia. El apocalipsis, además, venía con aviso: el trabajo es de 2024, aunque cada tanto alguien lo redescubre en las redes con la palabra "aterrador" y le agrega un cerebro dañado.
Pensemos la secuencia con la frialdad que merece. Primero se compra toda la memoria. Después se inunda internet de texto sintético, porque producir texto es barato y llenarlo de ruido es gratis. Y entonces, cuando llega la hora de entrenar la próxima generación, se descubre que el pozo está contaminado y que lo único que escasea más que la RAM es la gente que escribe. El mismo tipo que se quejaba de que usamos poco nuestros gigas va a tener que rogarnos que usemos más nuestras neuronas. Un invento fantástico: una industria que logró volverse dependiente de aquello que dijo que iba a reemplazar.
Y acá es donde un país como el nuestro debería dejar de reírse y empezar a sacar cuentas. Porque si el dato humano auténtico es el nuevo petróleo, nosotros tenemos pozos: millones de personas escribiendo en un castellano que ningún promedio californiano entiende, con modismos, con humor, con historias y con colas larguísimas, de esas que el modelo pierde primero. Hoy ese material sale gratis, empaquetado en un scraping, y vuelve convertido en un servicio que alquilamos. En el Congreso circulan proyectos que hablan de soberanía tecnológica en inteligencia artificial, y está muy bien, pero la soberanía sin datos propios ni fierros propios es poesía. Y la poesía, como la RAM, anda cara y escasa.
Moraleja para el que quiera usarla. No vendas tu RAM, y no regales tu texto. Si alguien en un podcast te dice que usás poco la memoria, preguntale cuánto piensa usarla él. Y si en 2030, cuando se normalice el mercado, te ofrecen pagarte por escribir como un humano, pedí contrato, adelanto y cláusula de actualización por inflación. Nosotros de eso sabemos.
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