José Ramón Paéz, de la vida en alta montaña a crear las bastoneras de Santa Cecilia
Nació en San Luis, ingresó en el Ejército y su primer destino fue el sur del país, donde creó una banda de niños con hijos de mapuches y compañeros del cuartel. Fue el antecedente de su máximo orgullo, el Cuerpo de Bastoneras puntanas que lleva 42 años de vida.
Puntano de ley, José Ramón Paez se enorgullece de haber nacido en San Luis, en el sanatorio Rivadavia. De haber pasado su infancia entre la pelota, los autitos con ruedas de chapitas de gaseosa y los trompos en su barrio de la niñez, en Caseros y Belgrano. De haber estado en el Ejército, de haber formado una familia de cuatro hijos varones, diez nietos y una bisnieta. De haber hecho deportes. Y, finalmente, de haber creado el Cuerpo de Bastoneras de Santa Cecilia, una agrupación pionera que ya cumplió 42 años.
Todavía, con una vitalidad envidiable, José se para frente a las chicas en los ensayos y les marca el paso y los movimientos de las manos para mantener vital su creación. “Soy orgulloso de lo que hago, lo hago con mucho corazón. No me interesa la parte material porque tengo la responsabilidad y la misión natural de hacer esto. No lo puedo dejar en banda”, sostiene para explicar su permanencia al frente de la agrupación.
En el caluroso enero de 1984 se hizo la primera convocatoria de las bastoneras, a la que acudieron unas 60 chicas con sus padres. Paez y su esposa observaron que las actividades que las nenas hacían en las calles de aquella época era jugar al fútbol con los varones y entendieron que se necesitaba otra oferta. A los tres meses ya había 200 integrantes, entre varones y mujeres.
"Quiero que me recuerden como una persona generosa, resposable y sincera que luchó contra viento y marea por una institución netamente privada”.
Como José fue durante 22 años el bastón mayor de la banda del por entonces GADA 161 del Ejército Argentino, tenía la facilidad y los elementos necesarios para enseñar su oficio, primero en las polvorientas calles que pasaban por frente a su casa en la calle Lallermant, en el barrio San Cayetano, y luego en el predio que se llamaba “La Chacra”, donde ahora está el Parque de las Naciones.
Antes hubo otra chispa, en la banda "Hijos de San Luis", que el Gobierno provincial armó con Velia Vilchez a la cabeza. Era una suerte de ballet donde se bailaba folclore y para que la Paez y otros compañeros de la banda del Ejército fueron invitados a colaborar como docentes. “Cada vez que tenían un rato libre, yo les pedía a las chicas que trajeran un palito de escoba para que nos pusiéramos a practicar en el subsuelo del Canal 13”.
Militar, docente, dirigente deportivo, administrativo, de todas esas actividades la única a la que no ha podido abandonar todavía es la de estar al cabeza de las bastoneras. Dice que su secreto fue agotar los medios para que las chicas tengan un espacio adecuado y que si quiere que lo recuerden de alguna manera es como una persona generosa, resposable y sincera que “luchó contra viento y marea por una institución netamente privada”.
La presentación en sociedad de las bastoneras fue el 25 de mayo de 1984 en el desfile cívico militar de la fecha patria “que ese año se hizo por la calle Junín, frente a Galver”, recuerda Paez, quien estudió en la escuela Rivadavia, luego pasó al colegio pupilo San Carlos Borromeo, ubicado en Felipe Velázquez y Sarmiento, y terminó en el Colegio Don Bosco, de donde fue sacristán.
El antecedente de las bastoneras en la cabeza del bastón mayor sucedió en el sur, cuando estuvo destinado en Covunco Centro, en Neuquén. Un tío que estaba en el Ejército lo invitó a que fuera parte de las filas y José se alistó, en 1966, primero en la escuela de Suboficiales General Lemos, en Buenos Aires, para ser parte de la banda militar, pero como le vieron aptitudes para la fuerza, siguió con sus estudios castrenses. “No tenía vocación, pero me la formaron”, reconoce 60 años después.
En el sur comprendió lo que es el desarraigo y la lejanía, evidenciada en su primer viaje en tren desde Buenos Aires a Cobunco: treinta y cinco horas de incertidumbre e ilusión hasta Zapala, el punto mismo adonde llegaban las vías.
Apenas se adaptó a la vida en la montaña, entre mapuches, vegetación desconocida y un paisaje natural que aún hoy lo cautiva, el joven soldado demostró y se demostró su capacidad organizativa. Con los hijos de sus compañeros del Ejército y la mayoría de chicos venidos de las comunidades originarias armó la banda infantil “Tamborcito de Tacuarí”, 120 niños que bajaban al pueblo para hacer música en la unidad militar.
“Teníamos uniformes blancos, que es el color de los uniformes de guerra de la alta montaña y el jefe del cuartel mandó a hacer borceguíes especiales, número 29, para los más chiquitos”, añora José.
En 1971, la vida de Paez cambió para siempre. Se puso de novio con una vecina que vivía al frente de su casa, gemela, y formó la familia que ahora lo enorgullece. “Gracias a Dios tenemos este hogar, casi con cincuenta y cinco años conviviendo. Hemos tratado siempre de tener esa relación familiar”, sostuvo.
Gracias a las bastoneras, su creador vivió momentos inolvidables, de reconocimientos, de aplausos, de conocer gente y vincularse con los otros 47 grupos que hay en todo el país. Y, fundamentalmente, de saber que hay algo en San Luis hecho por él que ya es parte de la historia de la provincia.
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