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El campeón todavía está acá, entre libros y dibujos de sus nietos

El 13 de octubre de 1979 hizo vibrar al país cuando retuvo el título argentino mediopesado en un Luna Park repleto ante Juan Domingo Suárez. Cayó en el primer round, se levantó y ganó. Como en la vida misma. 

Por redacción
| 16 de octubre de 2026

Hay que entrar despacio a esa casa. Pared de madera, libros hasta el techo, un calendario y en el centro de todo dos fotos enmarcadas: la de una nena rubia y la de un nene con la camiseta de Boca. Alrededor, dibujitos pegados con cinta: corazones, flores, un "Te amo abuelo" escrito con lápiz de colores.

 

 

Ahí vive el campeón Abel Celestino Bailone. El hombre que el 13 de octubre de 1979 metió a Villa Mercedes en la historia grande del boxeo argentino.

 

 

No es una figura lejana de una revista amarillenta. Está acá. Vivo. Sentado en un sillón negro, con un buzo gris y anteojos, cruzado de brazos, con la misma humildad del pibe que soñaba con pisar el Luna Park.

 

 

"Fue mi sueño, mi ilusión desde que me inicié en el boxeo como amateur, llegar al Luna Park. Era el objetivo quizás más valioso que un título sudamericano, un título argentino. Llegar al Luna Park y ser fondista de ese estadio que tiene tanta historia", dice, y se le ilumina la cara.

 

 

Esa noche todo estaba en contra. Enfrente tenía a Juan Domingo Suárez, un entrerriano invicto, 17 peleas, 17 nocauts. Nadie le daba más de 5 por ciento de chances. El Luna Park estaba lleno: 18.000 personas. 95 por ciento gritaba por Suárez.

 

 

"Tan solo un 5 por ciento, si es que llegaba, estaba a mi favor. El resto iba a ver el triunfo y el lanzamiento internacional de Juan Domingo Suárez. Era un gran pegador."

 

 

Y pegó. En el primer round, a los dos minutos, una izquierda tremenda lo sentó al valor mercedino. El árbitro Víctor Avendaño -oro olímpico, en su despedida- le contó ocho. "Fue una caída providencial pero estaba totalmente lúcido” recuerda.

 

 

Lo que vino después es lo que contó El Gráfico al día siguiente, sorprendido: Bailone se levantó como impulsado por un resorte. Aguantó. Giró. Hizo errar. Le hizo errar el 95 por ciento de los golpes en el sexto y séptimo.

 

 

Hasta que en el noveno una derecha justa, un choque de cabezas, Suárez mareado, pidiendo irse. Abandono. Y el grito de campeón con fuerza mercedina.

 

 

 

"Llegamos hasta el noveno round donde Suárez pasó por un momento de decaimiento, recibió una tremenda derecha y el árbitro... hizo gesto de no continuar. Así gané por abandono y retuve el título. Una alegría para mí, para toda la provincia de San Luis."

 

 

Esa noche, un colectivo y varios autos salieron de San Luis. Cincuenta puntanos que fueron a verlo y que el púgil sintió. Hoy, 46 años después, no hay títulos en la pared. Hay dibujos de sus nietos. Y un banderín que dice "De Puñetazos y otras". Y libros. Muchos libros.

 

Villa Mercedes tiene campeones que a veces olvida. Que caminan por la calle sin que nadie sepa que una vez hicieron explotar el Luna Park. Que no piden nada. Que solo quieren que alguien se siente un rato a escucharlos.

 

 

Abel está ahí. El campeón está vivo. Y sigue siendo digno, como tituló El Gráfico aquella vez: "Un ganador digno".

 

 

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