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Varios crímenes sin percepción

La nueva película argentina de Netflix está basada en una novela de Guillermo Martínez. Misterios varios trasladados a la literatura como antes fueron trasladados a las matemáticas.

Por Miguel Garro
| 27 de junio de 2022

Al mismo nivel que los de Claudia Piñeyro, los relatos de Guillermo Martínez generan una imantación especial para ser adaptados al cine. Lo atrapante de las historias, la elección de temas policiales para sus argumentos, el ritmo de los sucesos, la claridad con que están expuestos y las estructuras narrativas utilizadas son algunos de los elementos que convierten a los dos autores argentinos en semillas ideales para plantar y cosechar en las pantallas de los cines o del streaming. 

 

El límite de realidad y ficción que Piñeyro y Martínez cruzan con frecuencia (aunque en realidad con menor repetición de lo que parece) tiene un ejemplo reciente y concreto: ambos escritores fueron los únicos convocados por el director de “Carmel”, el documental de Netflix que retrata el crimen de María Marta García Belsunce, para que den su testimonio teórico sobre por qué un hecho como el asesinato del country tuvo tanta repercusión en la opinión pública.

 

Hace pocas semanas, la misma plataforma lanzó “La ira de Dios”, una película de Sebastián Schindel que está basada en “La muerte lenta de Luciana B.”, una de las novelas más exitosas de Martínez. Diego Peretti, Juan Minujín y Macarena Achaga les dan vida a los personajes creados por el escritor y absolutamente manipulados por la intención del director.

 

El resultado es una buena medida para intentar determinar —si se pudiera— el punto exacto en que el inventor de una historia entrega el cetro de su creación para que otro la adapte, la moldee y la presente en otro lenguaje, con otras perspectivas. La discusión lleva años en vigencia y pareciera resolverse con el visto bueno que el escritor concede al producto final.

 

En el caso de la producción nacional que se ve en streaming, ese punto está claramente solucionado: Martínez aceptó los cambios que hizo Schindel para que la historia se adapte no solo a una simple historia audiovisual: a una historia audiovisual producida por Netflix. El nudo duro y cerrado de la cuestión es que los cambios son muchos.

 

En principio, la novela de Guillermo hace muy poca referencia a la cuestión religiosa, un punto que es neurálgico (desde el título) en la película. Lo que hacía atrapante a la novela era la inmersión en ese terreno nebuloso —típico de los buenos policiales— de no determinar si el asesino es quien se sospecha.

 

Lo que respeta la incursión cinematográfica es, a grandes rasgos, el argumento macro: una joven asistente de un afamado escritor lo denuncia por acoso sexual y a partir de ese momento algunos de sus seres queridos mueren en distintos episodios traumáticos, violentos, accidentales. La joven cree que el novelista —quien también sufre una tragedia familiar— es responsable directo o indirecto de esos hechos.

 

El camino que eligió Schindel para la adaptación le da la posibilidad de exponer una teoría aumentada de la Ley del Talión. El personaje de la historia —el escritor receptor de una fama que nadie que se dedicara a la literatura en el país tendría— piensa, sostiene y asegura que la venganza del ojo por ojo no es suficiente para aquel que ha recibido una agresión inicial. Es decir, aquel que se vio atacado por otro tiene derecho a redoblar el daño causado. El “diente por diente” se traduciría en “diente por dentadura”.  

 

Como buen matemático, Martínez introduce un juego de probabilidades en la mayoría de sus escritos que capta y mantiene la atención de los lectores. En ese tablero imaginario, el azar tiene un papel aún mayor del que le daría cualquier amante de las ciencias duras. De allí una de las preguntas que se desprende como naranja en verano: ¿Cuántas chances hay de que el escritor que protagoniza la novela tuviera alguna vinculación con todas las muertes que se suceden en el relato? U otra aún más intrigante: ¿Cuántas chances habría de que el escritor no tuviera alguna vinculación con los homicidios?

 

Con sapiencia, el final de “La muerte lenta de Luciana B.” —aunque algo apurado, sin el trabajoso engranaje que Martínez puso en el resto de la trama— deja esa dos preguntas (y alguna otra) rebotando en las mentes de los lectores. En cambio, “La ira de Dios” se adapta mansamente a los cánones cinematográficos y cierra con lujo de detalles lo que era un final abierto y perturbador. Responde todas las preguntas, entrega el paquetito envuelto, con moño, tarjeta y dedicatoria. Eso no quiere decir que “La ira…” sea una mala película, como tampoco la novela de Martínez es la mejor de su trayectoria.

 

No es la primera vez que una historia de Guillermo es llevada al cine. En 2008,  Alex de la Iglesia, el notable director español, eligió “Crímenes imperceptibles” (ahora sí, tal vez el punto más alto del escritor en su carrera) para traducirlo al cine en “Los crímenes de Oxford” (posiblemente, junto con “800 balas”, el punto más bajo de la cinematografía del español). 

 

Protagonizada por Elijah Wood, John Hurt y Leonor Watling, la producción prescinde de todo el rol matemático que Martínez volcó en su creación y le quitó uno de los diferenciales que el autor había diagramado con nombres de teoremas y fórmulas que los amantes de los números disfrutaron cuando se metieron en la literatura del argentino.

 

La dupla con Schindel tampoco es nueva. Hace tres años, el director (que en Netflix hizo la exitosa “Crímenes de familia") estrenó “El Hijo”, una oscura película basada en un cuento de Martínez. En aquella ocasión, el director también se permitió algunas licencias en la historia, a tal punto que cambió el protagonista desde el título: el escritor había bautizado a su relato “Una madre sobreprotectora”.
 

 

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