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Sobre lo que está pasando en Ucrania

La disciplina de las Relaciones Internacionales nos proporciona algunas herramientas para comprender este fenómeno histórico. Nuestra naturaleza humana y nuestro compromiso político con la construcción de un mundo mejor, más pacífico y desarrollado, tienen que proporcionarnos la sensibilidad y la madurez política para abordarlo de manera cabal; evitando consumirlo simplemente como el último evento de interés en las noticias.

 

Lo que está sucediendo en Ucrania es una guerra. De un Estado (europeo) contra otro (europeo), algo que no había ocurrido (en Europa) desde la Segunda Guerra Mundial. Es un fenómeno histórico de relevancia, que actualiza viejas tensiones entre Oriente y Occidente y pone a prueba la configuración teóricamente multipolar del escenario internacional surgido con el final de la Guerra Fría. Pero es además, y fundamentalmente, la apelación a la violencia física: el fracaso de la política y la diplomacia. Y como toda violencia de magnitud, implica una nueva escalada en el sufrimiento de los pueblos y una catástrofe humanitaria que recién comienza.

 

Con esto en mente, para comprender el fenómeno histórico hay que tener presentes cinco claves fundamentales. Primero, la historia reciente. Con el final de la Segunda Guerra Mundial, el mundo se organizó en dos bloques de países: uno liderado por Estados Unidos, fusionado a través de alianzas militares en la OTAN, y otro alineado con la URSS, que lideró la firma del Pacto de Varsovia. Cuando la URSS implosionó en 1989, el gigante se desmembró, surgiendo numerosos Estados en su lugar. Entre ellos Rusia (la sucesora de la URSS) y la propia Ucrania. Esto es clave para comprender los argumentos rusos y el recelo que manifiestan cuando se plantea la incorporación de Ucrania a la OTAN.

 

Segundo, la historia antigua. El origen histórico de ambos países se remonta al mismo antecedente: la Rus de Kiev. Han compartido un vínculo muy intenso, anterior y profundo. De hecho, en Ucrania existen grandes proporciones de la población “prorrusa”, de habla y cultura rusa, localizadas fundamentalmente en las áreas más orientales, conocidas como la región del Dombás. Y esto es clave para comprender la historia inmediata: en 2014, Donetsk y Lugansk fueron tomadas por fuerzas separatistas prorrusas.

 

Tras diversos anuncios públicos y operaciones diplomáticas, el 21 de febrero el gobierno ruso reconoció la independencia de Donetsk y Lugansk y envió tropas a estos territorios, desencadenando el conflicto. La respuesta de la UE consistió en un paquete de sanciones económicas, mientras EE.UU. anunciaba un bloqueo comercial al país. Tres días después, Putin anunciaba una “operación militar especial”, destinada a la supuesta protección de los habitantes de Donetsk y Lugansk. Tras bombardear al país, entraba en Ucrania por tres frentes.

 

Ucrania declaró la guerra y la aplicación de la ley marcial, convocando a todo hombre entre 16 y 60 años a luchar contra la invasión rusa, repartiendo armas entre la población civil y reclamando apoyo internacional para defender su integridad territorial. La respuesta de Occidente se concentró en el ámbito económico. Descartando momentáneamente la intervención militar en territorio ucraniano, se activaron los protocolos de defensa de todos los Estados miembros de la OTAN cercanos a Rusia.

 

¿Qué significa para la Argentina? Además del dolor humano y la reflexión política a los que el conflicto tiene que llamarnos, el conflicto tiene consecuencias prácticas para el país. Por un lado, la cuestión diplomática. Fiel a su posición geopolítica tradicional, nuestro país condenó el uso de la fuerza armada y solicitó a todas las partes retomar el camino del diálogo. Otro punto son las vicisitudes geopolíticas que se generan en función de nuestras relaciones con la UE, los EE.UU., la Federación Rusa y sus respectivos aliados; pero estas son complejas, y su análisis excede por mucho las posibilidades de esta columna.

 

Segundo, la cuestión económica, empezando por el precio de los commodities. Es normal que en períodos de guerra escaseen los alimentos. A esta circunstancia hay que sumarle que tanto Rusia como Ucrania —especialmente este último— son gigantes de la producción de alimentos como el trigo. Es de esperar que la guerra complique su producción y exportación, por lo que el precio de lo que produce Argentina para el mercado internacional tenderá a subir. Esto favorecerá las exportaciones y podría tener un efecto positivo sobre nuestra balanza comercial. Sin embargo, muy vinculado a lo primero, emerge la cuestión del precio del combustible. Rusia tiene un enorme peso relativo en la producción de combustibles fósiles y, por lo tanto, en la determinación de su precio internacional. Si la guerra potencia la inflación mundial, en Argentina se sentirá el efecto sobre el precio del dólar.

 

Como siempre en el ámbito de las relaciones internacionales, la situación es más compleja que las posibilidades de cualquier primer análisis. Presenta un enorme desafío para quienes deseamos entender lo que está sucediendo en Ucrania en este momento. Por eso, tenemos que redoblar nuestros esfuerzos para comprender. Y no olvidar en el medio que estamos hablando de la guerra, y por lo tanto, del sufrimiento de personas reales.

 

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